
Sobre este blog.
Cuatro años después del Septimo Cigarro, siendo un ex-fumador de tabaco y habiendo dejado de lado muchas de mis depresiones adolescentes, me vi aquí nuevamente tratando de robarle palabras al viento, para inmortalizar y/o dejar ir experiencias. Entre ensayos y esbozos intento recobrar esa antigua parte de mi, que creía había muerto.
29 marzo, 2009
19 marzo, 2009
El café burgués III

- Dos prensados, americanos, sin azúcar.
- Perfecto. ¿Algo más?
- Si, por favor, una cajetilla grande roja.
- ¿Lucky Strike? ¿Marlboro? ¿Pall Mall?
- Lucky Strike. Gracias.
El hombre se fue, sin decir más y en el camino a la barra recogió un par de tazas de la mesa cinco. ¿Cuál había sido la mesa que escogió nuestro hombre? La siete, por supuesto, ni pensar en otra. La que estaba junto a la pared, y con una ventana elevada, como para ventilar adecuadamente la conversación.
¿Acompañado? Si, de un hombre más, de uno de esos que caminan con maletín, con camisa a rayas y con una corbata negra así el verano se encuentre en su máximo esplendor. No se miraron siquiera, hasta que el hombre, anteriormente mencionado, retornó a la mesa siete con el pedido.
Tomaron el café, uno de los dos comenzó a fumar, mientras el otro comentó sobre el buen sabor de aquel café Verona. ¿Siempre hablan sobre ese tipo de cosas, antes de llegar al punto? Si, casi siempre. La verdad pocas veces hablan, uno de ellos opta a menudo por callar y nunca llegar al punto. Pero no por propio gusto, al parecer sufre aquel mismo estado crítico de Haller, y lucha contra sigo mismo en cada una de sus decisiones.
Casi siempre lo veo, luego de haber estado acompañado, luego de tomar su patético y romántico Verona prensado, luego de hacer aquel gesto con la mano, acompañado de un “No, no gracias. No fumo” Si, luego de toda aquella posición mal adaptada, lo veo en el café, en su mesa siete, con un café Express Irlandés, uno especialmente caliente, y con uno de sus cigarrillos baratos, uno de esos que raspan la garganta.
Su café prensado burgués siguió por una media hora, sin comentario de mayor importancia que “éste café es bueno, siempre vengo aquí” o “hacía días que no tomaba un café tan rico como éste” o “nunca me gustó fumar” o “hoy el trabajo me tuvo más que estresado”. La conversación se hizo pasado un rato un poco espontánea, el hombre fumador y el que se había visto obligado a dejar su sombrero de copa en casa, le dijo a nuestro hombre que había despedido a su secretaria, que de un día al otro no la pudo ver más, que no la aguantaba y que no quería que ésta se le acercase. Hubo un silencio seguido de su comentario, seguramente le chocó la firmeza de su decisión, no había pasado una semana desde que ambos se saludaban con un beso al encontrarse en la oficina o en el café.
Era entonces, cuando sentía los golpes de su posición fingida, de hombre ocupado y de empresario exitoso, y es que realmente lo era, era un hombre ocupado y un exitoso empresario, pero no solamente eso, y lo notaba cuando no se veía satisfecho con lo que ésta visión le traía, cuando estos, los comentarios tan inhumanos destrozaban su aparentemente firme corteza de hombre serio e igualmente de poco impresionar, hombre ambicioso que no le importaba el resto, hombre sin amigos, ermitaño adinerado, un anacoreta que vivía de lo único importante para él.
¿Importante para él, qué era eso? Para él, lo único importante era el trabajo, el dinero y este tipo de cosas que sólo te puede regalar la vida cuando con desdén la miras y con desconfianza absoluta buscas sobrevivir en vez de vivir.
- Perfecto. ¿Algo más?
- Si, por favor, una cajetilla grande roja.
- ¿Lucky Strike? ¿Marlboro? ¿Pall Mall?
- Lucky Strike. Gracias.
El hombre se fue, sin decir más y en el camino a la barra recogió un par de tazas de la mesa cinco. ¿Cuál había sido la mesa que escogió nuestro hombre? La siete, por supuesto, ni pensar en otra. La que estaba junto a la pared, y con una ventana elevada, como para ventilar adecuadamente la conversación.
¿Acompañado? Si, de un hombre más, de uno de esos que caminan con maletín, con camisa a rayas y con una corbata negra así el verano se encuentre en su máximo esplendor. No se miraron siquiera, hasta que el hombre, anteriormente mencionado, retornó a la mesa siete con el pedido.
Tomaron el café, uno de los dos comenzó a fumar, mientras el otro comentó sobre el buen sabor de aquel café Verona. ¿Siempre hablan sobre ese tipo de cosas, antes de llegar al punto? Si, casi siempre. La verdad pocas veces hablan, uno de ellos opta a menudo por callar y nunca llegar al punto. Pero no por propio gusto, al parecer sufre aquel mismo estado crítico de Haller, y lucha contra sigo mismo en cada una de sus decisiones.
Casi siempre lo veo, luego de haber estado acompañado, luego de tomar su patético y romántico Verona prensado, luego de hacer aquel gesto con la mano, acompañado de un “No, no gracias. No fumo” Si, luego de toda aquella posición mal adaptada, lo veo en el café, en su mesa siete, con un café Express Irlandés, uno especialmente caliente, y con uno de sus cigarrillos baratos, uno de esos que raspan la garganta.
Su café prensado burgués siguió por una media hora, sin comentario de mayor importancia que “éste café es bueno, siempre vengo aquí” o “hacía días que no tomaba un café tan rico como éste” o “nunca me gustó fumar” o “hoy el trabajo me tuvo más que estresado”. La conversación se hizo pasado un rato un poco espontánea, el hombre fumador y el que se había visto obligado a dejar su sombrero de copa en casa, le dijo a nuestro hombre que había despedido a su secretaria, que de un día al otro no la pudo ver más, que no la aguantaba y que no quería que ésta se le acercase. Hubo un silencio seguido de su comentario, seguramente le chocó la firmeza de su decisión, no había pasado una semana desde que ambos se saludaban con un beso al encontrarse en la oficina o en el café.
Era entonces, cuando sentía los golpes de su posición fingida, de hombre ocupado y de empresario exitoso, y es que realmente lo era, era un hombre ocupado y un exitoso empresario, pero no solamente eso, y lo notaba cuando no se veía satisfecho con lo que ésta visión le traía, cuando estos, los comentarios tan inhumanos destrozaban su aparentemente firme corteza de hombre serio e igualmente de poco impresionar, hombre ambicioso que no le importaba el resto, hombre sin amigos, ermitaño adinerado, un anacoreta que vivía de lo único importante para él.
¿Importante para él, qué era eso? Para él, lo único importante era el trabajo, el dinero y este tipo de cosas que sólo te puede regalar la vida cuando con desdén la miras y con desconfianza absoluta buscas sobrevivir en vez de vivir.
27 febrero, 2009
Un tal Gabriel.

De un tal Gabriel, he de hablar, de un tal cafeinómano, adicto al cigarrillo y a la buena lectura. De un solitario talvez.
Caminaba como siempre, a paso rápido como saltando, con su boina negra y sus lentes oscuros, poco asqueado por el sol que despide el cielo en el mes de su cumpleaños. Se sentó en una banca de La Mar, a pensar un poco, a esperar que la hora de entrar a clases llegase, se sentó y prendió un cigarrillo como era costumbre, levantó poco la mirada y arribó el brazo sobre el respaldar.
Ambos sabíamos que ese lugar le gustaba, era como encontrarse con su "otro yo" por así llamarlo. Un tal Gabriel, que conocí una vez, parecía tener doble personalidad, y parecía encontrarse en el, talvez interminable, debate de personalidades siempre aquí, sentado en su banca de avenida no transitada. Todo se le dibujaba como un pequeño pueblo de sierra limeña, pues otro tipo de sierra no conocía. Todos se hablaban, todos se saludaban, todos trabajaban en el mercado y todos se ayudaban entre sí. Era como una de las comunidades a las que le hubiera encantado pertenecer cuando niño, pero ahora, con sus diecisiete años y de repente un poco más sensato, notó que el nunca pertenecería ese tipo de grupos sociales, unidos y trabajadores, ni tendría amigos por su casa, y si los tuviera, no compartiría sus cosas con ellos.
A Gabriel le gustaba sentarse en esa banca a observarlo todo, como testigo y le agradaba también un poco sentirse no cómplice, sentirse un poco intruso, un poco lejano. Le gustaba compartir el sentimiento de Haller en las gradas viendo la araucaria, le gustaba sentirse todo un lobo estepario, y me lo hizo notar varias veces. Le agradaba la vida pequeño burguesa, pero era demasiado desordenado como para mantener una.
Me comentó una vez que por ratos aborrecía mi presencia, y la de sus amigos, la de su enamorada incluso, en algunas circunstancias, me comentó que era demasiado egoísta como para escuchar al resto de gente y como para poder sentirse a gusto por mucho tiempo. Amaba su desorden, su desconfianza, su ansiedad, sus taquicardias, su vida solitaria. Le agradaba trabajar hasta las madrugadas y hacer sus cosas sin dependencia. Yo siempre pensé que tenía conflictos, pero era extraño, talvez no lo entienda nunca del todo.
Después de leer a Herman Hesse, entendí un poco el caso de Haller, y su conflicto con las dos generaciones, entendí a Gabriel en parte. Tenía un conflicto entre lo ideal y real también. Y es que lo he escuchado hablar de la vida totalmente desenamorado y decepcionado. Lo he escuchado insultar a todos y a sí mismo. Lo he visto ebrio y drogado. Lo he visto enamoradísimo y asqueado de todo. Y creo que muy en el fondo, siempre deseó tener su escondrijo subterfugio, su refugio solo para locos, su café-bar favorito cargado de bohemios y su marihuana mágica que lo haga huir un poco.
Conversando con él, llegué a verlo como un hombre seguro y totalmente hecho, pero a veces también como un niño que no sabe muy bien como actuar y que se equivoca en cada paso. Un niño que pide disculpas por cada cosa que hace y que esconde su rostro bajo la almohada muerto de vergüenza.
Caminaba como siempre, a paso rápido como saltando, con su boina negra y sus lentes oscuros, poco asqueado por el sol que despide el cielo en el mes de su cumpleaños. Se sentó en una banca de La Mar, a pensar un poco, a esperar que la hora de entrar a clases llegase, se sentó y prendió un cigarrillo como era costumbre, levantó poco la mirada y arribó el brazo sobre el respaldar.
Ambos sabíamos que ese lugar le gustaba, era como encontrarse con su "otro yo" por así llamarlo. Un tal Gabriel, que conocí una vez, parecía tener doble personalidad, y parecía encontrarse en el, talvez interminable, debate de personalidades siempre aquí, sentado en su banca de avenida no transitada. Todo se le dibujaba como un pequeño pueblo de sierra limeña, pues otro tipo de sierra no conocía. Todos se hablaban, todos se saludaban, todos trabajaban en el mercado y todos se ayudaban entre sí. Era como una de las comunidades a las que le hubiera encantado pertenecer cuando niño, pero ahora, con sus diecisiete años y de repente un poco más sensato, notó que el nunca pertenecería ese tipo de grupos sociales, unidos y trabajadores, ni tendría amigos por su casa, y si los tuviera, no compartiría sus cosas con ellos.
A Gabriel le gustaba sentarse en esa banca a observarlo todo, como testigo y le agradaba también un poco sentirse no cómplice, sentirse un poco intruso, un poco lejano. Le gustaba compartir el sentimiento de Haller en las gradas viendo la araucaria, le gustaba sentirse todo un lobo estepario, y me lo hizo notar varias veces. Le agradaba la vida pequeño burguesa, pero era demasiado desordenado como para mantener una.
Me comentó una vez que por ratos aborrecía mi presencia, y la de sus amigos, la de su enamorada incluso, en algunas circunstancias, me comentó que era demasiado egoísta como para escuchar al resto de gente y como para poder sentirse a gusto por mucho tiempo. Amaba su desorden, su desconfianza, su ansiedad, sus taquicardias, su vida solitaria. Le agradaba trabajar hasta las madrugadas y hacer sus cosas sin dependencia. Yo siempre pensé que tenía conflictos, pero era extraño, talvez no lo entienda nunca del todo.
Después de leer a Herman Hesse, entendí un poco el caso de Haller, y su conflicto con las dos generaciones, entendí a Gabriel en parte. Tenía un conflicto entre lo ideal y real también. Y es que lo he escuchado hablar de la vida totalmente desenamorado y decepcionado. Lo he escuchado insultar a todos y a sí mismo. Lo he visto ebrio y drogado. Lo he visto enamoradísimo y asqueado de todo. Y creo que muy en el fondo, siempre deseó tener su escondrijo subterfugio, su refugio solo para locos, su café-bar favorito cargado de bohemios y su marihuana mágica que lo haga huir un poco.
Conversando con él, llegué a verlo como un hombre seguro y totalmente hecho, pero a veces también como un niño que no sabe muy bien como actuar y que se equivoca en cada paso. Un niño que pide disculpas por cada cosa que hace y que esconde su rostro bajo la almohada muerto de vergüenza.
17 febrero, 2009
Feliz sea yo.
happy birthay YO YO!
happy birthay YO YO!!!
happy birthay gaRAbATo!!!
happy birthay YO YO!!!!!!
Hoy es mi cumpleaños, asi que deseenme lo mejor TODOS!
happy birthay YO YO!!!
happy birthay gaRAbATo!!!
happy birthay YO YO!!!!!!
Hoy es mi cumpleaños, asi que deseenme lo mejor TODOS!
15 febrero, 2009
Crónicas. IV

Es extraño dijo Gabriel volteando la boca hacia un costado, y cerrando ligeramente los ojos, como si se tratase de analizar, de algún otro método, que no había utilizado antes.
Me siento, como esparcido, “como mantequilla en mucho pan” como dijo Bilbo, no podría suponer el porqué, pero todo es un mar de sentimientos encontrados. Si fuera mujer seguramente le echaría la culpa a la regla, pero dado que no es el caso, no me queda más que describir este desagradable espasmo de incertidumbre que no por lo general me apabulla hasta ahorcarme, sugiriéndome así una muerte atroz.
Hace algunos días que no me desvelo con mis aires de escritor bohemio, esperando que fluyan dulces prosas. Será que nos vemos un poco menos y te extraño de más, o que hace algún tiempo también que llevo esta terrible gripa que parece quitarme el ánimo a todo. Y es eso precisamente lo que me ocurre, pero no estoy seguro deque haga bien al atribuirle esta culpa al resfrío. Le he perdido las ganas a muchas cosas, siento que algo me falta, tengo ganas de sentir algo fuerte como fumar el cigarro hasta sentir mi garganta quemarse por el plástico del filtro. Quisiera bañarme con agua tan caliente que sienta crecer ampollas en la dermis, y valla que me hace falta un baño, pues los domingos creo, no son días para bañarse y hacer ese tipo de cosas que se suele hacer el resto de la semana. Los domingos son para dormir.
Algo me ha estado fastidiando cuando te hablo por celular estos últimos días, algo me quita la paciencia al tratar con mi abuela, algo me hace no hacerle caso a mi madre cuando me pide favores, algo me obliga a cambiar de carácter de pronto, como si de algún modo me resintiese por algo que realmente no se como describirlo.
“No se que me pasa” te dije ayer mientras tratábamos de arreglar mi cara larga con una conversación. Traté de explicarle a Piero mi condición algo inexplicable, pero por una extraña razón, seguro por éste mismo desanimo, no quise decirlo. Mi rutina es un poco sedentaria, me levanto semitarde, desayuno, toco guitarra y voy a clases de diseño. Bastante aburrida.
Creo que necesito de algún modo algo que sutilmente me encante nuevamente, que me devuelva las ganas de hablar como mellizo, recibir detalles, que me traigas sonrisas, ORDEN de repente, no lo sé en realidad. Te necesito un poco más de repente, o con un poco más de esos alocados momentos.
Me siento, como esparcido, “como mantequilla en mucho pan” como dijo Bilbo, no podría suponer el porqué, pero todo es un mar de sentimientos encontrados. Si fuera mujer seguramente le echaría la culpa a la regla, pero dado que no es el caso, no me queda más que describir este desagradable espasmo de incertidumbre que no por lo general me apabulla hasta ahorcarme, sugiriéndome así una muerte atroz.
Hace algunos días que no me desvelo con mis aires de escritor bohemio, esperando que fluyan dulces prosas. Será que nos vemos un poco menos y te extraño de más, o que hace algún tiempo también que llevo esta terrible gripa que parece quitarme el ánimo a todo. Y es eso precisamente lo que me ocurre, pero no estoy seguro deque haga bien al atribuirle esta culpa al resfrío. Le he perdido las ganas a muchas cosas, siento que algo me falta, tengo ganas de sentir algo fuerte como fumar el cigarro hasta sentir mi garganta quemarse por el plástico del filtro. Quisiera bañarme con agua tan caliente que sienta crecer ampollas en la dermis, y valla que me hace falta un baño, pues los domingos creo, no son días para bañarse y hacer ese tipo de cosas que se suele hacer el resto de la semana. Los domingos son para dormir.
Algo me ha estado fastidiando cuando te hablo por celular estos últimos días, algo me quita la paciencia al tratar con mi abuela, algo me hace no hacerle caso a mi madre cuando me pide favores, algo me obliga a cambiar de carácter de pronto, como si de algún modo me resintiese por algo que realmente no se como describirlo.
“No se que me pasa” te dije ayer mientras tratábamos de arreglar mi cara larga con una conversación. Traté de explicarle a Piero mi condición algo inexplicable, pero por una extraña razón, seguro por éste mismo desanimo, no quise decirlo. Mi rutina es un poco sedentaria, me levanto semitarde, desayuno, toco guitarra y voy a clases de diseño. Bastante aburrida.
Creo que necesito de algún modo algo que sutilmente me encante nuevamente, que me devuelva las ganas de hablar como mellizo, recibir detalles, que me traigas sonrisas, ORDEN de repente, no lo sé en realidad. Te necesito un poco más de repente, o con un poco más de esos alocados momentos.
29 enero, 2009
Zoila Vigil.

"Hace algunas semanas ya que no veo a lapobre Zoila. Con sus pequeños zapatitosde taco, y sus ojitos ligeramente llorosos."
Caminaba por esas pobres cuadras de Miraflores, cercanas al malecón de Angamos y al comedor popular, esas cuadras que cargadas de mecánicos guardan miles de historias. Me venía yo apurado de mi casa, y con un cigarro sin prender. Agudicé los cinco sentidos, y si había un sexto, pretendía agudizarlo también. Cuando me vi relativamente cerca del local donde recibía mis clases, intenté encontrar a quien sea, que tuviese un cigarro prendido o un encendedor. Respiraba con velocidad, esperando sentir el aroma del humo de tabaco, observé las manos de toda la gente que pasaba cerca, para notar si llevaban un cigarro entre los dedos.
Así me pase dos cuadras hasta que percibí el olor del humo, me detuve y busqué con la mirada. Se trataba de un hombre de edad, pero firme aún como un roble. Me hizo recordar por un instante a mi abuelo Carlos, como la última vez que lo vi, alto, firme y hablando de su guerra, mientras fumaba. Le pedí encendedor con un gesto que hice con la mano y el viejo, gentil y con la sonrisa que sólo poseen los ancianos poco fastidiados de la vida, me prendió el cigarro. Le sonreí y con un “gracias” me alejé.
Entonces, así fue cuando me encontró, la delgada Zoila, con aquella su baja, pero precisa estatura. Yo me veía fumando a toda prisa, con el ritmo que llevaban mis pisadas y sin poderlo evitar me vi hipnotizado por su extraña atracción. Volví la cabeza mientras avanzaba y la delgada dama, intentaba ordenar sus cabellos, con la mano, y moviendo la cabeza como tratando de encontrar los hermosos recuerdos que escondían esas, que ahora son sólo calles sucias y mal cuidadas.
Todos conocían a la delgada Zoila Vigil, pero estoy más que seguro que si alguien la veía en la calle, al pasar, admitiría no conocerla. La volví a ver una semana después, con sus pequeños zapatitos rojos, tan brillantes como sus ojos. Podía verme perfectamente reflejado en sus zapatos, y parecía que siempre estaba apunto de llorar y con un par de lágrimas bien cobijadas entre sus pestañas y su pupila café.
“La pobre Zoila” le decían las señoras, cuando volvían del mercado y se cruzaban con ella. Una tercera vez, al verla, noté que tenía una delgada falda, casi transparente, pero era medio azul, y una chompa del mismo color, pero con otra tonalidad. Con el pasar de los años de seguro había olvidado lo que era combinar los colores, y con la deliciosa brisa que Miraflores despide, se le fueron yendo los amigos. Nunca supe en que casa vivía, siempre la vi a media calle, a medio irse, a medio caminar, siempre buscando algo y arreglándose los claros cabellos, por si él volvía.
Los de la zona, decían que estaba loca, será que no creo en los locos y por eso un día casi le dirijo la palabra, desgraciadamente, me encontraba fuera de hora y tenía que llegar de prisa a mis clases.
La cuarta vez que la vi, intenté sonreírle un poco, pero su rostro aquel día, me pareció, era totalmente triste, y me dio la impresión que mientras más le sonreía, ella más triste se ponía. Volví al suelo y seguí caminando, su semblante me quebraba el alma y no quería verla así.
La última vez que la vi, era parte de una imagen realmente conmovedora y triste, con su delgada y débil mano le daba de comer a un pequeño can que deambulaba al igual que ella. Se agachaba cuanto podía para darle comida al perro, dejando ver las almohadas que bajo su chompa y falda se ponía para fingir estar embarazada.
No sé su historia, pero es de uno imaginarla, cargada de tristeza y soledad, caminando por las calles con sus setenta y algo de años encima, fingiendo y creyendo ella misma, estar embarazada, porque siempre deseó tener una hija, a quien peinar junto a la ventana, a quien cantarle mientras la abraza y la dejaba dormir. Y seguramente caminaba por las calles, para mostrarle a la gente que era feliz y que pronto tendría a su tan soñada hija. Seguro buscaba al hombre que había huido mucho antes, de que la cabeza y la soledad al extremo le juegue aquella mala pasada.
19 enero, 2009
ERBOS L-I-R-B-A

Porque Silvio aún te espera,
y de Sabina te robaron.
Me contaste una vez, que todas las canciones en las que sonaba tu nombre habían sido arduamente buscadas y escuchadas por ti. Me contaste una vez, cuando era más barriga que niño, varios de tus problemas y me dijiste también que les di buena solución. Me contaste, y no una, sino varias veces sobre tus enamorados, y también sobre aquellos hombres con quienes te viste profundamente involucrada, por pura confusión de adolescente ilusionada supongo. Me contaste también sobre tus gatos negros, sobre los peces mágicos del Dú, y sobre los perros gigantescos que tenía tu madre en la otra casa. Me has hablado tanto de tus amigas que al igual que yo, te llevan años de diferencia. Me hablaste de Camila, hasta que una vez mencionaste se volvía naranja y gigante cual calabaza. Me has visto la cara desde que la tuve y a pesar de eso, una vez en mi cumpleaños lloré por que no quería salir sólo contigo a comer helados. Me hiciste memorizar “cherri” cuando no sabía ni ir al baño solo, por todo un año completo para luego encontrarlo convertido en restaurante. Me hiciste la tarjeta de cumpleaños más grande que haya tenido. Me acompañaste a comprar una pulsera que diga: R y P para regalársela a mi enamorada. Me propusiste hacer un libro de cuentos, y explotar en la carátula el hecho de que nuestras iniciales sean las mismas. Te olvidaste de mi cumpleaños número dieciséis. Fuiste la primera en llamarme Gabriel.
He ido sólo tres veces a tu casa, y una vez en la azotea de la mía, te conté uno de los problemas más difíciles que enfrento en mi corta vida. Has hablado de mí a la mitad de las personas que me presentaste. Escribí dos cuentos donde te incluía como protagonista.
Y ahora miro atrás un poco, como diría Nito, será que la segunda crónica tiene hasta cierto punto razón. Será que los años han venido cargados de eventos que aunque parezca imposible pueden llegar ha separar por más tiempo de lo que pueden contener en sus trecientos sesenta y cinco días. Será que de pronto me estoy poniendo naranja y gigante. Será que otro tipo de problemas te han ido aquejando y no he podido solucionar. Sea lo que sea, debe ser como todo últimamente, “cosa de la edad” sé que irá cambiando con el tiempo. Y hasta entonces éstos, los recuerdos anteriormente mencionados, serán los que conservaré.
Te esperamos…
He ido sólo tres veces a tu casa, y una vez en la azotea de la mía, te conté uno de los problemas más difíciles que enfrento en mi corta vida. Has hablado de mí a la mitad de las personas que me presentaste. Escribí dos cuentos donde te incluía como protagonista.
Y ahora miro atrás un poco, como diría Nito, será que la segunda crónica tiene hasta cierto punto razón. Será que los años han venido cargados de eventos que aunque parezca imposible pueden llegar ha separar por más tiempo de lo que pueden contener en sus trecientos sesenta y cinco días. Será que de pronto me estoy poniendo naranja y gigante. Será que otro tipo de problemas te han ido aquejando y no he podido solucionar. Sea lo que sea, debe ser como todo últimamente, “cosa de la edad” sé que irá cambiando con el tiempo. Y hasta entonces éstos, los recuerdos anteriormente mencionados, serán los que conservaré.
Te esperamos…
Odla.
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