Sobre este blog.

Cuatro años después del Septimo Cigarro, siendo un ex-fumador de tabaco y habiendo dejado de lado muchas de mis depresiones adolescentes, me vi aquí nuevamente tratando de robarle palabras al viento, para inmortalizar y/o dejar ir experiencias. Entre ensayos y esbozos intento recobrar esa antigua parte de mi, que creía había muerto.
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05 enero, 2009

Réquiem.

Resolví para mí, como es que se hace para entregar una carta cuando el buzón se está más que cerrado. Cuando no hay ojos que quieran leer las letras escritas. Cuando no hay oídos que quieran escuchar mis palabras, que tambaleándose por mis ganas de llorar, luchan por ser completadas sin interrupción. Resolví para mí, los mil problemas que algún día, cada vez más lejano, nos atormentaron. De tanto pensar, encontré mil soluciones, e imaginé futuros paralelos. Futuros paralelos, de nuestras manos sin separar.
Resolví para mí, el crucigrama que dejaste la semana pasada sobre la cama. Hoy resolví para mí, el problema de la falta de azúcar y café para nuestro desayuno. Hoy resolví y sólo para mí, porque ya no me acompañas, el problema del cabello crecido y de la apariencia desgarbada. Hoy resolví el problema del cigarrillo y de la música con volumen alto. Recién hoy, resolví sólo para mí, los enigmas que escondía tu mirada, recién hoy, talvez un poco tarde, como siempre te quejaste que hacía las cosas, tarde. Hoy, más que resolver, entendí el porqué decidiste cambiar el amor por el odio, así tan de pronto, sin darme yo cuenta.
Y ahora, que te veo, y no te veo al mismo tiempo. Ahora que quiero abrazarte y besarte como nunca, pero no es posible. Ahora, que enfrenté tu mirada de desinterés, que es aún peor que la de desprecio. Ahora, y sólo una vez más, te pido que me entiendas, que seas un poco más tolerante, ahora te juro que todos los problemas acabarán, que les pondré real importancia, que seré cuidadoso con todo, cariñoso, que no fumaré más, que sacaré al perro en las noches, que no iré más a ese café al que van esos bohemios locos, que lavaré los trastes después de comer, que me quedaré contigo después del amor, que escucharemos juntos música, de la que te gusta, que te llevaré el desayuno a la cama los domingos en la mañana, que tendremos hijos, veinte si quieres, ahora te juro esto y muchas cosas más, las que quieras, ahora te las puedo jurar una por una, mientras echados en la cama, sólo nos abrazamos y conversamos.
Te ruego que luches un poco más por mantener esto, que hasta hace poco nos unía. Ahora mismo, si así lo quieres te prometeré hacer por ti lo que quieras, sólo si te quedas una vez más, sólo si me das otra oportunidad, aunque sea de discutirlo, de hablar sin gritos, de poder encontrarte en la mirada, de verte igual a como te conocí. Por favor.
– Dije ya casi sin aire, y con los ojos húmedos, pero al parecer, te has perdido camino a casa, pues no ha venido más que tu sombra, no ha venido más que una mujer extraña con rostro conocido.

07 julio, 2008

Cuando yo muera te recordaré

Cuando yo muera.
Cuando el silencio eterno, en mí sea.
Cuando mi cara este pálida y fría,
pero sin olvidar que te quería.

Cuando el día sea oscuro.
Cuando no se escuche murmuro.
Recordaré tu rostro con melancolía,
pero sin olvidar que te quería.

Recordaré los días de guerra
de muerte, tortura y pena
también mi sangre, mi dolor y sufrimiento,
mis heridas, asesinatos y último aliento.

Cuando yo muera
Y la tarde sea oscura y fea.
Te recordaré con melancolía,
en mis minutos de agonía.

Recordaré cuando te fuiste
o quizá de la muerte huiste,
de la temible y aterradora muerte;
huiste sin saber que la felicidad podía darte.

Yo, que luché por ti tanto
Y ahora no estás aquí... ¡qué espanto!
Recordaré los tiempos felices,
pero que ahora sólo son cicatrices.

Recordaré tu ausencia y vendrá el dolor
y cuando muera sin verte, este será mayor.
Recordaré cuando tú eras mía
y ahora tan sólo eres poesía.

Recordaré tu sonrisa,
pero la muerte llegará, y la olvidaré de prisa.
Llegará destrozando y rompiendo todo,
dejándome muerto y solo.

05 julio, 2008

Cenicero lleno y copa vacía...

Su desayuno había sido un café pasado con un poco de alcohol para hacer del día un poco más llevadero, se había acostumbrado a esa forma de tomarlo, - Como Santiago – decía mientras se lo tomaba con rapidez, para no sentir el raspón de garganta al pasarlo. El desayuno solía ser lo suficientemente reponedor como para no sentir sueño hasta que la hora de descansar llegue, pero al caer apenas la noche los ojos comenzaron a hacerle una mala pasada, y sus parpados hinchados temblaban como de frío, amenazando con cerrarse.

Él, sentado en la silla de madera, en la que suele balancearse pausadamente, mientras cavila con silencio absoluto, como lo hacen únicamente los búhos, respiraba tranquilo y con la mano de escribir arrojaba madera a la chimenea.

Una mesa de madera maciza y ancha, poco artística posiblemente, con unos papeles encima, y cerca, al final de la gruesa tabla que reposa sobre las cuatro patas, un par de libros cerrados, una vela a medio apagarse y un papel doblado, como una almohada, que contenía hojas de tabaco listas para embutirse a la pipa del mismo material de la mesa. Sobre ésta también había cuadros repujados, unos pocos, con fotos de él acompañado de un amor, de uno de esos que siempre son el último amargor del café, uno de esos que es recordado en la última bocanada de humo, de ese humo luctuoso que últimamente parece ser tan abundante como la llovizna miraflorina.

Se dispuso a servir algo para tomar, pasado ya un rato de estar junto a la chimenea alimentando fuegos, - ¡Carajo! – dijo con fuerza al darse cuenta que no había café para pasar, sólo había uno de esos instantáneos, que se suelen comprar por pura rutina, así que prefirió un trago antes que eso, sacó de entre las botellas, una de las más antiguas, y se sirvió en un pequeño vaso. Era vino seco. Lo odiaba. En el fondo pensaba que derepente el sabor del vino seco no le traería recuerdos de besos mustios.

En su cabeza deambulaba la última palabra que había dicho, parecía rebotar contra las paredes, - ¡Carajo! – una y otra vez, hacía horas que su boca permanecía en silencio, se había acostumbrado a escuchar solamente el sonido que hace el fuego al quemar la madera y el vaso vacío al golpear contra la mesa.

Bebiendo al paso de sus latidos, el recuerdo volvió, como si el vino lo llevase a ella. Ni pensaba en salir a caminar otra vez por las calles, y toparse con sus pasos solitarios uno detrás de otro, haciéndole acordar que va otra noche más que camina solo, y luego bañarse con la garúa típica de noviembre al anochecer, y ver sus fotos al cerrar los ojos que eran vencidos por el sueño, las fotos de ella sonriendo junto a él, o las que él tomaba mientras ella dormía al costado suyo.

Otra vez se sentaba a sólo recordarla, refundiéndose de noche, en lo más profundo de lo que intentaba ocultar en el día, cuando de la sonrisa de la mañana no queda ni sombra y cuando no hay compañeros de café ni de vino junto a él, cuando no hay nadie quien escuche su llanto, ni quien sienta sus desesperados suspiros. Otra vez una de esas noches funestas, en las que recordaba que realmente la había amado y que ya todo había pasado también, a tal velocidad que parecía recién percatarse. Con el cenicero realmente lleno y con su copa totalmente vacía se dejó vencer por la inclinación de la silla y cayó hacia atrás sumiéndose en su dolor cuasi físico.