Sobre este blog.

Cuatro años después del Septimo Cigarro, siendo un ex-fumador de tabaco y habiendo dejado de lado muchas de mis depresiones adolescentes, me vi aquí nuevamente tratando de robarle palabras al viento, para inmortalizar y/o dejar ir experiencias. Entre ensayos y esbozos intento recobrar esa antigua parte de mi, que creía había muerto.
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07 marzo, 2010

Asesino estepario.

Con éste, uno de los últimos cuatro cigarros que me quedan, tratando de sobrellevar la noche, de brillo lunar, y reflexionando sobre mi origen, llego otra vez a la desenfrenada conclusión de que soy uno de los últimos esteparios que habitan por éstos lares, los cafés para locos ya no existen, los hoyos pequeño burgueses van desapareciendo y se van agotando las masas de gentes poco interesadas de la vida, con la que me gustaba conversar, las noches lucen solas con mi compañía únicamente y el encanto de luna y mariposa nocturna parece ya no traer la inspiración, para aquellos que se hacían llamar escritores. Tiempos agitados, cafés instantáneos, cigarros con impuesto y letras sin sentido, eso aguarda la nueva noche bañada de sangre en la que me envuelto sin saber cómo.
Me he visto, en estas noches de ataduras y barrotes, perdido entre las paredes, que por más lejanas se encuentren las unas de las otras, el espacio sigue absolutamente vació. Será que así es la vida de uno de los míos, será que todos atraviesan el mismo transe desolado. Que la araucaria no regala sonrisas, que las canciones no despiden escenarios que describir, que todo se encierra en una cárcel carente de paredes rectas, carente de esquinas, una cárcel mental, absolutamente abstracta como para no poder huir de ella, perfecta y de alguna manera tan interna como para no poder alejarse lo necesario. Deben ser los demonios de los que he oído, y de los que no he podido compartir con otros, de otra forma que no sea ésta.
La lucha con el lobo y el príncipe meditabundo, me paraliza sin saber si me encuentro errando o acertando en las decisiones. Se va desapareciendo lo preciado, lo ideal, en la sombra de las paredes, de las callejas oscuras, lo cubre en sangre, de olor fétido canino, que iluminado por brillo de la luna, en un eterno estallido se hunde, en el precipicio de un aleph olvidado, en el aullido desaforado que emite el lobo harto de este, el cuerpo humano que lo contiene. Y entre lo absolutamente mágico y ocasional que resultan todas las respuestas del ser, del estar y del que hacer. Y el logaritmo de lo perdido entre el recuerdo y el destino, que da píe a otro vómito de variables encriptadas, y del charco de sangre de la nueva víctima que he cobrado por la envilecida verdad que se ve cada vez más lejana y con más de esa bruma blanca paralizante.
Vuelvo en mí, dejó caer el cuchillo y dejo también la apariencia del mamífero aullante, observo el cuerpo asesinado y cayendo hacia atrás, en un tiempo aún más infinito que la locura que me rodea, ruego por no hundirme en otro falaz océano de acertijos sin salida.

27 febrero, 2009

Un tal Gabriel.


De un tal Gabriel, he de hablar, de un tal cafeinómano, adicto al cigarrillo y a la buena lectura. De un solitario talvez.

Caminaba como siempre, a paso rápido como saltando, con su boina negra y sus lentes oscuros, poco asqueado por el sol que despide el cielo en el mes de su cumpleaños. Se sentó en una banca de La Mar, a pensar un poco, a esperar que la hora de entrar a clases llegase, se sentó y prendió un cigarrillo como era costumbre, levantó poco la mirada y arribó el brazo sobre el respaldar.

Ambos sabíamos que ese lugar le gustaba, era como encontrarse con su "otro yo" por así llamarlo. Un tal Gabriel, que conocí una vez, parecía tener doble personalidad, y parecía encontrarse en el, talvez interminable, debate de personalidades siempre aquí, sentado en su banca de avenida no transitada. Todo se le dibujaba como un pequeño pueblo de sierra limeña, pues otro tipo de sierra no conocía. Todos se hablaban, todos se saludaban, todos trabajaban en el mercado y todos se ayudaban entre sí. Era como una de las comunidades a las que le hubiera encantado pertenecer cuando niño, pero ahora, con sus diecisiete años y de repente un poco más sensato, notó que el nunca pertenecería ese tipo de grupos sociales, unidos y trabajadores, ni tendría amigos por su casa, y si los tuviera, no compartiría sus cosas con ellos.

A Gabriel le gustaba sentarse en esa banca a observarlo todo, como testigo y le agradaba también un poco sentirse no cómplice, sentirse un poco intruso, un poco lejano. Le gustaba compartir el sentimiento de Haller en las gradas viendo la araucaria, le gustaba sentirse todo un lobo estepario, y me lo hizo notar varias veces. Le agradaba la vida pequeño burguesa, pero era demasiado desordenado como para mantener una.

Me comentó una vez que por ratos aborrecía mi presencia, y la de sus amigos, la de su enamorada incluso, en algunas circunstancias, me comentó que era demasiado egoísta como para escuchar al resto de gente y como para poder sentirse a gusto por mucho tiempo. Amaba su desorden, su desconfianza, su ansiedad, sus taquicardias, su vida solitaria. Le agradaba trabajar hasta las madrugadas y hacer sus cosas sin dependencia. Yo siempre pensé que tenía conflictos, pero era extraño, talvez no lo entienda nunca del todo.

Después de leer a Herman Hesse, entendí un poco el caso de Haller, y su conflicto con las dos generaciones, entendí a Gabriel en parte. Tenía un conflicto entre lo ideal y real también. Y es que lo he escuchado hablar de la vida totalmente desenamorado y decepcionado. Lo he escuchado insultar a todos y a sí mismo. Lo he visto ebrio y drogado. Lo he visto enamoradísimo y asqueado de todo. Y creo que muy en el fondo, siempre deseó tener su escondrijo subterfugio, su refugio solo para locos, su café-bar favorito cargado de bohemios y su marihuana mágica que lo haga huir un poco.

Conversando con él, llegué a verlo como un hombre seguro y totalmente hecho, pero a veces también como un niño que no sabe muy bien como actuar y que se equivoca en cada paso. Un niño que pide disculpas por cada cosa que hace y que esconde su rostro bajo la almohada muerto de vergüenza.

05 enero, 2009

Réquiem.

Resolví para mí, como es que se hace para entregar una carta cuando el buzón se está más que cerrado. Cuando no hay ojos que quieran leer las letras escritas. Cuando no hay oídos que quieran escuchar mis palabras, que tambaleándose por mis ganas de llorar, luchan por ser completadas sin interrupción. Resolví para mí, los mil problemas que algún día, cada vez más lejano, nos atormentaron. De tanto pensar, encontré mil soluciones, e imaginé futuros paralelos. Futuros paralelos, de nuestras manos sin separar.
Resolví para mí, el crucigrama que dejaste la semana pasada sobre la cama. Hoy resolví para mí, el problema de la falta de azúcar y café para nuestro desayuno. Hoy resolví y sólo para mí, porque ya no me acompañas, el problema del cabello crecido y de la apariencia desgarbada. Hoy resolví el problema del cigarrillo y de la música con volumen alto. Recién hoy, resolví sólo para mí, los enigmas que escondía tu mirada, recién hoy, talvez un poco tarde, como siempre te quejaste que hacía las cosas, tarde. Hoy, más que resolver, entendí el porqué decidiste cambiar el amor por el odio, así tan de pronto, sin darme yo cuenta.
Y ahora, que te veo, y no te veo al mismo tiempo. Ahora que quiero abrazarte y besarte como nunca, pero no es posible. Ahora, que enfrenté tu mirada de desinterés, que es aún peor que la de desprecio. Ahora, y sólo una vez más, te pido que me entiendas, que seas un poco más tolerante, ahora te juro que todos los problemas acabarán, que les pondré real importancia, que seré cuidadoso con todo, cariñoso, que no fumaré más, que sacaré al perro en las noches, que no iré más a ese café al que van esos bohemios locos, que lavaré los trastes después de comer, que me quedaré contigo después del amor, que escucharemos juntos música, de la que te gusta, que te llevaré el desayuno a la cama los domingos en la mañana, que tendremos hijos, veinte si quieres, ahora te juro esto y muchas cosas más, las que quieras, ahora te las puedo jurar una por una, mientras echados en la cama, sólo nos abrazamos y conversamos.
Te ruego que luches un poco más por mantener esto, que hasta hace poco nos unía. Ahora mismo, si así lo quieres te prometeré hacer por ti lo que quieras, sólo si te quedas una vez más, sólo si me das otra oportunidad, aunque sea de discutirlo, de hablar sin gritos, de poder encontrarte en la mirada, de verte igual a como te conocí. Por favor.
– Dije ya casi sin aire, y con los ojos húmedos, pero al parecer, te has perdido camino a casa, pues no ha venido más que tu sombra, no ha venido más que una mujer extraña con rostro conocido.

19 noviembre, 2008

Sobre Miraflores...

Recordaré una vez más y sólo para percatarme de todo lo que ha muerto de mí en esos lares.

Por donde empezar dijo Gabriel, lanzando una nueva bocanada de humo-lucky e imaginando un capitulo cualquiera de Los años maravillosos.

Recordaré el ovalo primero, grande, lleno de gente de todo tipo. Pasaré junto a la municipalidad, por aquella calleja de gatos, cruzaré Larco y seguiré hasta alcanfores, donde algún día viviré. Luego sentiré la hermosa brisa humedecida como siempre, las hojas secas en la pista y vereda, el suave aroma a cannabis y continuaré caminando. Pasaré por mi cafetería de siempre, pintada de naranja con tonalidad de rock setentero. Con el sabor del café americano en la boca, podré sentarme y pensar en mi colección de plumas cuculí que tanto me gustaba/en mi sui géneris a todo volumen/en los golpes de mi hermano mayor y los consejos de mi otro hermano/en mi pepegrillo/en mis cuarenta y siete hamsteres/los cuentos de Abril/en las poco entonadas canciones de mi mamá/los cien años de soledad que mi hermana me contó/las tiradas de pera/mi Monoliso/mis GiJoes medio rotos/la colección de carritos de mi tio.

Pasaré entre los trilces recuerdos de mi abuelo materno, seguiré con mi primer cigarro, y con el comienzo de mi adolescencia poco tardía. Los scouts que tanto me enseñaron/las conversaciones con Andrea en el parque mientras se hacían montañas de ceniza por doquier/mis continuas visitas al San Francisco/mis pallmall rojos/mis noches de caminata solitaria/mi huaca pucllana/la llovizna tan típica que me gustaba pensar que era parisina/mi ambiente rebuscadamente bohemio/el Silvio Rodríguez que aprendí a escuchar/mis quince navidades/mis dieciséis cumpleaños/mi primer y espantoso noviazgo/el gato meón que visitaba volublemente mi techo/la compra de cigarros en el Repshop en la madrugada/mi guaraná sin gas.

Llegaré finalmente al último cigarro que consumí en mi casa de miraflores, desde la ventana, como solía hacer de noche. Junto a Piero, que prometió dejar de fumar terminando la mudanza, cuando el sol apenas pensaba en ocultarse y nos rodeaba aquella pesadez única que sigue al almuerzo. En el comedor de la casa, donde curiosamente fumé por primera vez años antes.




29 octubre, 2008

Septiembre semiseco...

Seguramente fue con la pitada número siete, con la que comencé a sentir aquel sabor a tierra que sólo un buen tabaco puede tener, un sabor amargo profundo del alma y fuerte y con amargura suficiente, como para poder desprender aquellos instantes en los que me siento completamente abandonado, sin demostrarlo realmente.

Ahora, como otros de esos días he recordado poco su mirada juguetona, pero para recordar por completo su semblante adorable, dejo digresar los pensamientos lentamente, acabo lo poco de vino semiseco que queda en mi copa cuasi vacía, que junto a la otra, sobre mi mesa, se crea una esperanzadora y falsa imagen de que no estoy solo.

Fumaba lento un cigarro semitriste, semiseco como el vino, cuando escasos rayos de luz, buscando cobijo e ignorando mis persianas se asomaron por mi ventana, iluminando mi cama vacía, por puras ganas de fastidiarme creo yo. Adormilado por el humo y por el poco alcohol traté de encontrar en recuerdos algo que me intente robar una sonrisa. Noté con una de esas medio fraudulentas miradas que el calendario estaba en noveno mes, y rechacé la posibilidad de encontrar en estos días un recuerdo que me devuelva las ganas de respirar.

Los días felices han de haber partido con el comenzar de éste, el mes obscurecido. Con cansancio único de delincuente, que harto de escapar se entrega, y con voluntad única de encarcelado, es cuando puedo asentir que Silvio tenía razón al decir que ya se ha vuelto puta la fortuna.

01 agosto, 2008

El terror y la rosa...

Como un perro se arrastraba entre la sangre y los restos de cuerpos, que tirados por doquier se dejaban comer por los gusanos. Jadeaba por el desenfreno que parecía acabarlo por completo, con temblores avanzaba a paso serpiente hasta la frontera del murmuro, donde el silencio daba sus brutales mordiscos. Sangrando y babeando continuaba el camino, siguiendo el rastro de suplicios y pedazos de hombre.

La sed asesinaba al engendro, que aceleraba la respiración, queriendo encontrar algo de vida que arrancar sin piedad, entre sus interminables grietas de sombra, sobre la acera.
Con tierra en las uñas, y con colmillos amarillos, cerraba un poco los ojos sombríos carentes de aquel brillo único de luna, mientras su penetrante gruñido se extendía sin terminar por toda la ciudad, que en llovizna de fuego se calcinaba como sólo sabe hacerlo un hombre expuesto al terror, en estos, sus años de mayor poderío.

Trozos de edificios en escombros, gigantescas pilas de destrucción y charcos de sangre sin fondo, el aire se iba bañando con aquel, el olor de sangre al oxidarse, el aroma del infinito frenesí, perfume de asesinos y de salvajes terrores. La bestia se extendía por toda la ciudad en llamas, hasta un pequeño rincón de una habitación a medio destruir, en una delgada grieta en el suelo, de donde brotaba una pequeña rosa, que por defenderse de la salvaje bestia, nació con espinas. Y con ésta, nació toda una larga y nueva historia.




Entonces volvió a preguntar, nunca renunciaba a una pregunta una vez que ya la había formulado en su pequeña cabecita rubia. Yo, encontrándome irritado respondí cualquier cosa:

- Las espinas no sirven para nada. Son pura maldad de las flores.




20 julio, 2008

El verdugo de París

El sibilino ha de llegar a perfumar Francia de terror,
ha de bañarla de sangre también.


Francia, 1793

Los días no hacen más que pasar sigilosos, entre cuchicheos y chismes vecinales, entre la brisa que últimamente parece oler a sangre. Las calles angostas y mojadas por la lluvia, ocultaban el más profundo de los terrores, que por no dejarse ver, caminaba con unas telas sobre el rostro, dejando mostrar lo suficiente como para caminar sin caerse, con paso acelerado, pero sin causar alboroto, se adentraba hasta el corazón de París, donde la bruma roja cubría la parte baja de las puertas y donde las paredes y ventanas lo oían absolutamente todo.

Las herraduras golpeaban el suelo de la ciudad, los caballos aceleraban el paso mientras que en el interior de la carreta un viajero buscaba refugio en el terror. La carreta paró cerca de la plaza, donde bajó un corpulento hombre, que inmediatamente se dirigió a la taberna.

- Un whisky por favor – pidió con educación, acercándose a la barra.
- Aquí tiene su whisky buen hombre. – Le dijo el tabernero poniendo un vaso chato sobre la mesa.

El hombre venía de Besançon, era un típico forastero, con una pequeña bolsa con monedas bien guardadas y un par de botas que daban a entender que habían huido largo tiempo.

- ¿Qué trae a un hombre como usted a Paris, mi buen señor?

Preguntó el tabernero esperando respuesta, pero ésta nunca llegó, el vaso golpeó la barra cuando ya estaba vacío, el extranjero pidió otro whisky, pero esta vez olvidando sus modales, como si la pregunta le hubiera ofendido o le hubiera hecho recordar algo realmente desagradable.

Aquella noche una agitadora lluvia bañó París por completo, el silencio sepulcral gobernaba entre las calles angostas y oscuras, mientras que el hombre de Besançon salía de la taberna después de haber posiblemente ahogado las penas, las penas de un hombre secreto que sólo calla sin remordimiento. Caminaba a medio tambalear, pero con paso acelerado y sin causar ningún tipo de lamentable espectáculo, con el mismo ritmo con el que avanza el terror sobre ésta sufrida ciudad últimamente. Distintas son las causas por las que un hombre se muda a París hoy en día, podría ser la necesidad, posiblemente el esconderse de algo, pero si se mudaba por estar en busca de futuro, de seguro no encontraría más que ajetreos y conflictos políticos. Hoy cuando se discute la definición de “República” y cuando son pronunciados a diario los derechos del hombre en la plaza central, uno puede verse atado a muchos problemas o ganarse numerosos enemigos con tan solo decir un par de palabras.

El día empezó con una gran y nueva noticia, “La república sólo puede nacer con la muerte de un rey” es lo que se oye por todos los rincones de la capital. Girondinos vociferan alocados, anunciando el principio del fin. Monarcas extranjeros mandan cartas haciendo mención a los derechos del hombre de los que tanto hemos hablado, y nos tratan de inconsecuentes al hablar de la pena de muerte. La palabra “revolución”, agotada de tanto uso, se deja de lado y se cambia a “república”. En el amigo del pueblo acusaba a los moderados de conspirar contra el futuro de Francia. Los conflictos con Austria y la incertidumbre interna desmiembran por completo al país.

Las banderas tricolores bailaban al ritmo del viento en la plaza, mientras el incorruptible hablaba con fuerza y voluntad. El sibilino extranjero entre la muchedumbre escuchaba, pero a diferencia del resto, no demostraba ningún gesto de sorpresa, al contrario, parecía saber exactamente las palabras que el jacobino diría, una tras otra, todas eran esperadas por el furtivo hombre.

Le ató las manos a la espalda, con fuerza y algo de brutalidad, como si de degollar a un animal se tratase, le sujetó el cabello con la mano izquierda y con la derecha lo cortó, con un afilado cuchillo que le desgarró el cuero de la cabeza. Le desamarró la soga que le mantenía la boca cerrada, para burlarse de sus lamentos y gritos, pasado un momento, desajustó un poco el nudo que le ataba las manos, como para que se desespere tratando de soltarse, como para antojarlo con el sabor de la salvación que nunca verá.

- El patíbulo le espera monsieur.

Escuchó sus gemidos y cuando trató de sacar sus regordetas muñecas del nudo, se burló aun más del antiguo monarca, lo puso de pie de una patada y lo subió a su carruaje cerrado, como último privilegio. Llegando al patíbulo, dejó que todos los hombres lo vean e insulten a su antojo, le hizo subir las gradas y mandó el toque de tambores, que silenció la última voluntad del que están a punto de ejecutar. La madera rodeó su cuello, ahorcándolo tan solo un poco, el verdugo quien tanto disfrutaba esto, llegó al máximo placer al soltar la soga que ataba la pesada cuchilla. La canasta se vio satisfecha de sangre segundos después, y los hombres gritaron enloquecidos por el espectáculo. Pedían más cabezas.

05 julio, 2008

Cenicero lleno y copa vacía...

Su desayuno había sido un café pasado con un poco de alcohol para hacer del día un poco más llevadero, se había acostumbrado a esa forma de tomarlo, - Como Santiago – decía mientras se lo tomaba con rapidez, para no sentir el raspón de garganta al pasarlo. El desayuno solía ser lo suficientemente reponedor como para no sentir sueño hasta que la hora de descansar llegue, pero al caer apenas la noche los ojos comenzaron a hacerle una mala pasada, y sus parpados hinchados temblaban como de frío, amenazando con cerrarse.

Él, sentado en la silla de madera, en la que suele balancearse pausadamente, mientras cavila con silencio absoluto, como lo hacen únicamente los búhos, respiraba tranquilo y con la mano de escribir arrojaba madera a la chimenea.

Una mesa de madera maciza y ancha, poco artística posiblemente, con unos papeles encima, y cerca, al final de la gruesa tabla que reposa sobre las cuatro patas, un par de libros cerrados, una vela a medio apagarse y un papel doblado, como una almohada, que contenía hojas de tabaco listas para embutirse a la pipa del mismo material de la mesa. Sobre ésta también había cuadros repujados, unos pocos, con fotos de él acompañado de un amor, de uno de esos que siempre son el último amargor del café, uno de esos que es recordado en la última bocanada de humo, de ese humo luctuoso que últimamente parece ser tan abundante como la llovizna miraflorina.

Se dispuso a servir algo para tomar, pasado ya un rato de estar junto a la chimenea alimentando fuegos, - ¡Carajo! – dijo con fuerza al darse cuenta que no había café para pasar, sólo había uno de esos instantáneos, que se suelen comprar por pura rutina, así que prefirió un trago antes que eso, sacó de entre las botellas, una de las más antiguas, y se sirvió en un pequeño vaso. Era vino seco. Lo odiaba. En el fondo pensaba que derepente el sabor del vino seco no le traería recuerdos de besos mustios.

En su cabeza deambulaba la última palabra que había dicho, parecía rebotar contra las paredes, - ¡Carajo! – una y otra vez, hacía horas que su boca permanecía en silencio, se había acostumbrado a escuchar solamente el sonido que hace el fuego al quemar la madera y el vaso vacío al golpear contra la mesa.

Bebiendo al paso de sus latidos, el recuerdo volvió, como si el vino lo llevase a ella. Ni pensaba en salir a caminar otra vez por las calles, y toparse con sus pasos solitarios uno detrás de otro, haciéndole acordar que va otra noche más que camina solo, y luego bañarse con la garúa típica de noviembre al anochecer, y ver sus fotos al cerrar los ojos que eran vencidos por el sueño, las fotos de ella sonriendo junto a él, o las que él tomaba mientras ella dormía al costado suyo.

Otra vez se sentaba a sólo recordarla, refundiéndose de noche, en lo más profundo de lo que intentaba ocultar en el día, cuando de la sonrisa de la mañana no queda ni sombra y cuando no hay compañeros de café ni de vino junto a él, cuando no hay nadie quien escuche su llanto, ni quien sienta sus desesperados suspiros. Otra vez una de esas noches funestas, en las que recordaba que realmente la había amado y que ya todo había pasado también, a tal velocidad que parecía recién percatarse. Con el cenicero realmente lleno y con su copa totalmente vacía se dejó vencer por la inclinación de la silla y cayó hacia atrás sumiéndose en su dolor cuasi físico.

02 julio, 2008

La muerte de un reloj...

La vida es complicada para un reloj, deben estar todo el tiempo atentos y calculando, contando constantemente sin perder concentración, un instante de desequilibrio y toda la cuenta se hecha a perder. Los relojes deben mantenerse siempre tranquilos y serenos, sin emociones fuertes, pues cuando uno está feliz o distraído, el tiempo pasa rápido ¿no? Seguramente no tardarás en entender que eso no es algo conveniente para un reloj. Su función posiblemente sea el tratar de mostrarnos su percepción del tiempo, lineal y constante, pero le debe ser difícil también enfrentar que siempre al ser observado todos se den prisa y aceleren el paso, debe ser talvez por su mirada penetrante.

Kafca, seguramente nos diría que el tiempo no es más que una herramienta del hombre para complicarlo todo y enjaularnos. Kant por su lado, nos podría decir que es una de las unidades básicas para la percepción humana, ya que toda sensación se ubica dentro de un espacio y tiempo. Pero según Daniel F. que es la percepción que tomé, el tiempo no es más que una luz que intenta ocultarse en la sombra del viento burlón, que se besa o que se va de cabeza. Posiblemente si Daniel F fuera un reloj seria imposible que nos pueda mostrar su percepción del tiempo, sólo con un par de agujas, pero de todos modos tratando de entender su idea, y sabiendo ya como es de compleja la vida de un reloj, quise narrar aquí la muerte de uno.


Hay pasillos, como los de los hospitales que a menudo se hacen esperar segundos inmortales y convulsionantes. Hay pasillos sombríos como dignos de ser parte y de conducir a una gran habitación de un viejo palacio del medioevo.

Los pasillos comenzaron a llenarse de una bruma invisible y espesa, que sin querer cubrió los interruptores de luz y con su frío aliento besó al reloj, que desde el centro del pasillo sonaba con un eco casi tan infinito, como el largo del pasadizo profundo, marcando las doce menos un cuarto, el segundero que latía como un convaleciente corazón apunto de estallar en cuatro diferentes miembros.

Entonces la neblina espesa como una nata bañada de obscuridad comenzó a ceder ante una fuerza mayor desde el fondo del pasillo, algo cortaba el aire con increíble fineza, como lo haría una bala ante una capa de telas todas juntas, una después de la otra, entonces fue cuando el aire fue cortado por completo y se llegó a percibir algo más que el enloquecedor tic-tac del reloj. Un fuerte silbido de eco silencioso comenzó a escucharse a lo largo de todo el pasillo, no pasó mucho, para que una armoniosa melodía de canción de cuna retumbe contra las paredes e insulte los latidos del reloj, que parecía acelerarse cuando el silbido se agudizaba. El frenesí del silbido terminó por asesinar el corazón de tiempo que dejó caer sus agujas y señalando al seis con tal fuerza como si fuera el culpable de su muerte.

29 junio, 2008

Siete cigarros y una nota de suicidio.


Cigarro primero

Llegó a él una cajetilla de siete cigarros, delgada y de color blanco, que compraba cuando en su billetera no contaba con más de dos monedas. Una cajetilla más pequeña incluso que las comunes chicas, una de esas que cubría apenas las necesidades básicas de un fumador compulsivo. Y es que cuando un hombre tiene gusto por la lectura, como éste, nuestro protagonista lo tiene, es casi una necesidad llevar a cabo la gustosa acción y acompañarla con un cigarro o un café, o ambos en casos más placenteros todavía. A paso flemático andaba entre las angostas aceras de un parque pequeño y sumamente tranquilo que hay camino a su casa. Cantando casi en la mente, una posiblemente antigua canción, mientras abría la cajetilla, Calles sin color, vestidas de gris… - decía la canción, y después de un momento continuó cantando el poco alegre estribillo.
Para él hacía mucho que los días no eran más que domingos en potencia, pero no uno de esos domingos en los que posiblemente se pasa tranquilo con una buena lectura o compartiendo una amena conversación, sino uno de esos domingos donde el sol no hace más que transmitirte bochorno y cada una de las horas son inmortales, todos los días bañados de un color aburrimiento nostálgico, pues hacía mucho para éste pobre hombre que los pasos de la vida no se atrevían a robarle una sonrisa. Aquel cigarro fue uno de esos tan gozados, que se fuma cuando la barriga se está tan solo un poco más llena de lo deseado y cuando la brisa perfecta golpea con frescura el rostro al caminar. Al tercer choque de piedras llegó a mantener una llama firme con su encendedor, prendió su cigarro y dio la mágica primera pitada, ésta pareció entrar hasta lo más profundo de su ser y luego muy suavemente dejó escapar el humo por la nariz.

Segundo cigarro

Era un martes catorce de marzo. Prendió el cigarro sentado sobre el sillón de la sala, con el cenicero al costado, se encontraba recordando como años atrás recibía tan alegremente las navidades, escuchando villancicos mientras que su madre preparaba el pavo y su padre, fuera de casa, se encargaba de los regalos. Se extrañaba tanto por el poco tiempo que puede pasar y por cuanto puede cambiar uno por los acontecimientos difíciles que se van enfrentando. Aún en esos días, seguía con esa su idea de que todo hubiera sido mejor si hubiera vivido en los 70`s le hubiera gustado trabajar de seguro en una tabacalera, antes de que la ley prohíba la publicidad de cigarrillos, o posiblemente se hubiera encargado de la barra de un bar, a pesar de no ser sueños emprendedores, ni propios para un hombre rico, la idea de trabajar ahí le gustaba mucho y le gustaba pensar en eso.
Sobre el segundo cigarro, fue uno de esos que parece perder sabor mientras más pitadas le das. Uno de esos cigarros que nunca es contado, incluso cuando la cajetilla está medio vacía y se trata de hacer memoria de cuantos se ha fumado. Uno de esos que se pierden con las cosas del día y que se fuma cuando hay que matar el tiempo. La sensación de paz y ligereza que suele acompañar al fumar nunca llegó, fue uno de esos cigarros que pareciera nunca haber sido fumado.

Tercer cigarro

El miércoles parecía consumirse poco a poco junto al cigarro del cenicero. La tarde lo encontró sentado en su oficina, queriendo dejar correr las horas, mientras esperaba la salida. Le era agobiante la idea de tener que trabajar tiempo completo después de tantos años, a pesar de que la estancia en la oficina era cómoda, una alfombra gris cubría el suelo, los asientos acolchonados, aire acondicionado, un baño siempre oliendo a desinfectante, una cocina siempre disponible para poder preparar un café o calentar el almuerzo llegada la hora, en resumen, todo el ambiente de pequeño burgués que deseó tener cuando joven, parecía ser la replica exacta de la oficina de su madre, a diferencia que esta vez él trabajaba y no caminaba viendo los adornos extraños que se suelen tener sobre el escritorio, o tratando de entender los cuadros de arte abstracta que estaban colgados en los pasillos. Antes para él, la idea de oficina venía en un pack junto a la idea de libertad y trabajo sin presión, pero al conseguir todo lo que cuando joven deseaba, llegó a entender que todo es diferente cuando lo vives de primera mano.
Hizo pequeños aros con las últimas bocanadas de humo, mientras el cigarro se consumía casi por completo. Por alguna extraña razón, intentó remontarse al pasado, mientras veía el humo salir de su boca y como poco a poco los aros se iban deteriorando, pensó en dejar el cigarro primero, pero luego recordó al instante que no fumaba más que un cigarro al día, uno al día no hace daño, se dijo queriendo convencer, sin poder acordarse en la primera vez que fumó, pensó que de seguro había sido una de las pocas cosas que le dejó su padre, pues sólo recordaba una imagen de él, fumando sentado mientras leía y tomaba café, queriendo huir del brillo del sol bajo una sombrilla, lamentaba no poder recordar más, pues mucho no lo conoció, aunque estoy más que seguro que le hubiera gustado conversar con él alguna vez, sólo lo recordaba o fumando o jugando con apariencia de estar en otro lado. No dejaba de pensar, cosa que también debió haber dejado como herencia a su hijo, seguramente. Es de recordar para él que su padre era un hombre de buenas costumbres y maneras, poco golpeado por la vida pero si insatisfecho de ella, hombre de mucho carácter, conservador pero hombre cansado también, envejecido por sus propios tormentos.
El tercer cigarro fue apagado sobre el cenicero de vidrio que estaba en su escritorio, al acabarse por completo.

Cuarto cigarro

En memoria a su padre escribió unas coplas alguna vez, una de esas tardes en las que se creyó Manrique, coplas que leyó el jueves con un cigarro y un café en la sala de su casa. Terminando de leerlas, comenzó a observar una pequeña foto de su madre, antes de fallecer, cuando todo el mundo se le venía encima. Su madre comenzó a fumar tras la muerte inesperada de su esposo, jubilada y sin muchas ocupaciones, se dejó vencer por el cigarro, hace dos años y en el mes de Marzo. La rutina agotadora era obstáculo para poder ir a visitarla de vez en cuando, por eso será talvez que se sentía algo culpable. Recordaba los fines de semana cuando almorzaba con ella, cada fin adelgazaba más, ignoraba más a su enfermera y se guardaba más las penas para ella misma.
Las bocanadas de humo le desgarraban la garganta por completo. Dejó de fumar un momento, ignorando la ubicación exacta del cenicero, siguió pensando en su madre, mientras que la ceniza lo iba cubriendo poco a poco, como lampazos de tierra que caen sobre el cajón que encierra toda una historia, fue cubriéndose de ceniza hasta que la braza cayó sobre su mano. Al quemarse se puso de píe de un salto, limpió su ropa con las manos y pisó la braza que tocaba el suelo.

Quinto cigarro

Dicen que un vaso que está hasta la mitad de agua, puede estar medio lleno o medio vacío, dependiendo de la persona de quien mire el vaso, pero no es lo mismo con la cajetilla de siete cigarros, que compró hacía cinco días, ahora sólo contiene dos cigarros sin prender y uno en su boca recién prendido, viendo la cajetilla hoy se pasó gran parte de la tarde, pensando en todo lo que había pasado en estos dos últimos años, como su vida fue desvaneciéndose hasta llegar a eso, que es aún peor que estar muerto. Es la muerte en vida, se sentía como atrapado dentro de un retazo de si mismo, entre sombras de gente que ya no lo rodea, entre compañías que huyeron y recuerdos nostálgicos. En el mar de la incertidumbre y la poca satisfacción que la vida le mandaba, junto al sol un inequívoco resplandor.
Siguió fumando hasta que el cigarro poco a poco se acabó, sin producir asco ni satisfacción, sólo acabó como acaba el encanto de una flor que nunca fue vista pasada ya la primavera, como acaban las historias que nunca fueron escuchadas, como acaba este cigarro que posiblemente se asoma a ser uno de los últimos.

Sexto cigarro

Hace días que no puede escribir. Tiene el café. Tiene el cigarro. Tiene incluso el nunca disponible tiempo para poder escribir, pero no. Sentado y apoyado en su escritorio, con una lámpara de luz amarilla y con música tranquila, en resumen, el ambiente perfecto. No es suficiente. Nunca es suficiente últimamente. Sentía el repudio y odio que sólo puede sentir un presunto escritor al no poder verse reflejado en el papel.
El sexto cigarro. Como un toro divisando a su victima botó con fuerza, el humo de la nariz. Ebrio de tanto oír nada y queriendo vociferar sólo mantuvo el repugnante silencio. Dos horas sentado. Tratando de pensar. Tratando de evadir la impaciencia infantil que a veces por completo lo asaltaba. El cigarro finalizó con un par de asquerosas arcadas. Aplastó el cigarro contra el cenicero con adversidad inigualable.

Sétimo cigarro

Llegó así al último cigarro y a la parte más muerta de la tarde dominical, la más nostálgica, la más sepia y con aquella la tonalidad suave de la melancolía. Se fue envolviendo entre los retazos de poesía, y las frases a medio recordar que escuchaba en su nueva trova. Agobiado de la vida reposada y del escuchar a las ventanas golpear contra la pared, su muralla infranqueable. Voces. Voces en su interior alterando su muerte constante. Sus ojos negándose a ver en el espejo solamente su rostro, su rostro gris y sin perfumar. Sus ojos negándose a enfrentar que hacía horas sin razón lloraban. Una piel fría, amoratada y sin nada que la cubra más que esa pared producto de la aleación de cobre y hierro. Las puertas se abrían y cerraban, la helada brisa impetuosa del desenfreno recorría la casa desnudándola por completo. Y con esa, la última bocanada de humo, se dice que salió de su boca, algo más que dióxido. Desde entonces su boca se mantiene obtusa, haciendo burla del gesto de sorpresa que la vida nunca le trajo.

13 junio, 2008

Instrucciones para fumar...

No es condición imprescindible el poseer gran perspicacia para notar que el cigarrillo se divide en dos partes. Una más corta que otra, y generalmente de color mostaza oscuro, en caso de que no haya diferencia en el color, podrá notar usted que estas dos partes están divididas por una delgada línea. Ésta parte de menor longitud es llamada “filtro”, parte del cigarrillo que es llevada a los labios al empezar éste complejo proyecto, que es el fumar. Observación importante es el tener en cuenta que los labios carezcan de humedad alguna, antes de llevar el cigarro a la boca, para hacer más placentero el proceso. Dado ya el primer paso, usted debería sujetar, sin hacer mucha presión, con los labios, el filtro. Manteniendo así el cigarro en una posición horizontal, como si se tratase de formar un ángulo recto con respecto al cuello. Paso seguido y seguramente uno de los más complicados en ejecutar, es el encender el punto distal del que permanece presionado por los labios. En este paso se llevan dos acciones a la vez, posiblemente por eso es que se trate del más complicado. Mientras el extremo de la parte más larga del cigarro se está prendiendo, el futuro fumador, deberá atraer el aire del exterior, utilizando el órgano encargado de la entrada de alimentos al cuerpo, sin levantar los labios, se deberá extraer, del cigarrillo, el dióxido de carbono, que es producido al exponer el tabaco al fuego. Hecho esto, el extremo del cigarro expuesto al fuego se pintará de rojo, indicando así que el cigarrillo ha sido prendido correctamente. La parte de color rojo, ubicada en el extremo del cigarro, es llamada braza. El proceso finaliza con una serie de pasos sencillos, estos son: la extracción y expulsión del dióxido de carbono, ofrecido por el cigarrillo. No asombrarse al notar que la parte del cigarro que en un comienzo fue la de mayor longitud, se encuentre más tarde en menor tamaño que el filtro o incluso que se haya consumido por completo, pues cuando el cigarro no es mucho mayor, en longitud que el filtro, es necesario que éste sea apagado o arrojado en el cenicero.

15 mayo, 2008

Uno de esos días remotamente aguantables....

Entre todos aquellos sentimientos encontrados y retazos de escritura inperfecta, lo único que puedo rescatar es que realmente necesito tiempo para salir huyendo antes que el desenfreno acabe conmigo por completo... Hoy apagué mi celular cansando de tener que leer los mensajes de una disque enamorada que hace mencion de su enamoramiento tan veloz y verdadero, y que nunca le había sucedido algo igual antes, TONTERÍAS!!! creerías tu algo por el estilo? La conocí hace unos pocos días... Estoy realmente aburrido del compromiso, de las reglas ortograficas, de los amores verdaderos de un día al otro, tampoco no quiero decir que He preferido el polvo así, sencillamente. - a lo Silvio en su resumén de noticias; pero realmente desprecio esas ilusiones de amor equivocadamente alimentadas. Hoy entro al messenger como "no disponible" para evitar aquellas conversaciones de amigos de antaño, en los que no se sabe que decir nunca, pero algo en el fondo te dice que si no le hablas, serías descortés. Hoy no tengo ganas de aguantar a tanto mal parido que en mi camino se ha cruzado. Hoy simplemente tengo que desaparecer, evitando conversaciones, porque sé que terminarían en discucion. Sólo esperar que el alpinchismo desaparesca sin mayor consecuencia. Hoy es feriado, mayor porquería aún, odio los feriados, si por mi fuera todos deberían ser días de semana, así sólo yo podría faltar a mis obligaciones y disfrutar de mi casa absolutamente sola, para así poder fumar en la sala con mis píes encima de la mesa de centro, escuchar Daniel F a todo volumen, o jugar simplemente como un niñó, pero es un feriado, "el día del trabajo" entonces todo lo descrito no es mas q un sueño inalcansable, porque están todos en casa... En este día todos los que trabajan deberían trabajar el doble... o algo por el estilo, para así no encontrarme más que conmigo mismo.

08 abril, 2008

Infantilismos...

Hoy esun día raro... uno de esos enlos que juegoa no querer hacer nada...
uno de esos enlos que juegoa no ponerle importancia anada y a noser ese prototipo de persona ocupada que pretendo ser siempre...
hoy es un día especial...
es un ocho de recuerdosinfantiles imaginarios y sin más que eso...
días como hoy me gusta salir a buscar bosques en la ciudad...
y a creaaar gigantescas montañasdeceniza y olvidarme mi relog en casa...
días como estos disfruto de algo que beber en la noche...
nochesde caminata...
nochesde humo...
nochesde recuerdos inventados...
nochesde felicidad inventada...
nochesde caracoles y caparazones...

30 marzo, 2008

El escondrijo de subterfugio

En busca de algo trascendente llegué a parar aquí… en un mundo cuyo cartel de entrada dice con letras pequeñas y poco deformes “Sólo para locos…” donde el asfalto es de brea y cuesta diferenciarlo de la carretera, donde de los árboles brotan cigarros como flores a medio marchitar, donde el sol escoge que vale la pena iluminar y que no. Casa de bohemios y esteparios que caminan sin encontrar algo que ocupe su alma del todo, el hogar para los que estén asqueados de todo lo que han vivido y han de vivir, asilo de los que se han artado de oír diatribas de toda calaña, hogar de hombres que busquen como anacoretas la soledad absoluta, y donde lo naranja y verde es sólo un recuerdo casi olvidado de lo que alguna vez se pudo entablar.

Campos interminables de cactus, con caminos desiertos, donde no vale la pena apostillar para nada y sobre nada, descanso de pensadores taciturnos, e inframundo para los que pensar no es su naturaleza. Hogar únicamente mío y de nadie más, escondite de unicornios y de lo que yo quiera que se oculte ahí, donde el aire acostumbrado está al canto de la armónica y a llevar el aroma de los buitres que de hambre han muerto sobre el suelo árido.

Los invito a compartir de mi mundo. Bienvenidos sean al escondrijo de subterfugio, donde el atisbar sillas vacías es tan simple como respirar, y donde el percibir la gélida neblina es algo que con el tiempo se llega a amar, domicilio de los que aman la lluvia, la braza ardiendo entre sus labios; domicilio de los aspirantes de humo y de los que gustosos pisan las hojas secas para escuchar el crocante sonido.

Señores feudales de diferentes lugares y soñadores de libros llegan a parar aquí, sin importar tiempo o espacio, junto a mí, en busca de algo que logre complementar al máximo su existencia, en busca de respuestas y a causa de morados fracasos. Sigiloso susurraré en oídos dormidos las sibilas secretas para llegar a mi escondite. Necesito de la presencia de los asesinos de la ilusión, de los bohemios, de los forasteros y de los escritores cruentos, los necesito aquí en lo más profundo de mi subterfugio, en mi escondrijo invisible.





25 febrero, 2008

Sobre los cigarrillos...

Otra vez salí a por un cigarro a la una y media de la mañana, últimamente parece ser la hora perfecta y exacta para salir a buscar el cigarro por unidad, rojo y barato. Soy estudiante así que aspirar al Lucky me es un poco difícil, me conformo con los clásicos y con la media cajetilla, pero eso si, siempre los rojos. Si puedo decir algo de los cigarrillos es eso, siempre fumé de los rojos, nada de mentol ni sabor a canela, ni light.

La primera vez que fumé, fue probablemente en los primeros años de secundaria, pero fue en afán de jugar a ser grande, una tarde traviesa con amigos del colegio, todos seguramente lucíamos pequeños y rechonchos, con una sonrisa de niño atrevido que se las sabe todas, y con un cigarro en la mano, que de seguro no encajaba en el cuadro, pero así siempre se empieza, al menos hoy en día todos deben haber empezado a fumar con anécdotas un poco tontas y vergonzosas, pero ese no fue el inicio de mi tabaquismo prematuro, éste empezó a los catorce años, cuando un amigo mío, me dio a sujetar su cigarro mientras él se ataba las agujetas, entonces le di una pitada después de mucho tiempo, fue uno de canela si mal no recuerdo, un cigarrillo negro con un hilo dorado que separaba el tabaco del filtro, me gusto el dulzor de los labios luego de la primera pitada, aunque el golpear el humo en el pecho, no era una idea muy placentera que digamos, pero con el tiempo se fue convirtiendo en compañía fiel mientras esperaba el autobús o cuando caminaba por la calle y me olvidaba mi reproductor de música; luego pasando a otros niveles de adicción, fumaba luego de comer y antes de dormir; finalmente pasé al tercer y último grado de adicción al tabaquismo que es el no poder hacer nada sin un cigarro en la boca.

Pasado un tiempo de empezada mi adicción, el amigo, quien junto a mí comenzó a fumar a diario, me comentó que hacía mucho tiempo un amigo suyo le dio a sostener su cigarro mientras éste se ataba las agujetas, pero fiel a su educación religiosa no dudó en no probar el cigarro, con el pasar del tiempo las fiestas y reuniones lo hicieron fumar aunque poco, y luego decidió repetir la jugarreta, pero ahora conmigo. Caí. Solo atiné a reírme al escucharlo.

Los meses fueron pasando, y poco a poco probamos diferentes cosas, cigarros con lo mejor de tabaco negro, que terminó siendo malísimo a mí parecer, luego probamos muchísimas marcas diferentes, con el ánimo que presenta un agnóstico al buscar diversas fuentes de fe. El puro no tardó en ser probado, donde encontramos uno de los mayores placeres. Pronto nos vimos sentados en la mesa de un café conversando con nuestro par de puros en la mano y alucinándonos como gánsters planificando el siguiente golpe. La cabeza te juega difíciles pasadas cuando de un vicio se trata, eso yo lo sé.

Una que otra vez me he visto en la situación de tener que prender los cigarros que horas antes había aplastado contra el cenicero fastidiado por haber durado tan poco, una que otra vez que no encontré un maldito quiosco a las dos de la mañana por mi casa y cuando no tenía dinero suficiente para comprarme media cajetilla en el grifo. Hay momentos de extrema pobreza. Y una vez, sólo una prendí un cigarro que estaba en el suelo cerca de una banca de parque, que no era mío, pero fue por una apuesta, no he llegado aún a tal nivel de ansiedad como para olvidarme tanto de mi dignidad.


05 noviembre, 2007

Mi doncella medieval

El brillo de la llama del cigarrillo relucía en el impenetrable escaparate, la noche me vigilaba desde lo alto, como era su peculiar costumbre, como sólo ella sabe hacerlo en aquellas noches de verano, la luna era llena de brillo y de color cuando un hombre pasaba a mi derecha y con una mirada desconocida me vigilaba como si me comportase como un ladrón, como si no supiese que diferenciar el sueño de la realidad.


Pero ya no era sólo ese hombre, sentía mil miradas a la vez, todos volvían hacia mí y me observaban con firmeza. El sabor del café tostado casi se perdía en mi boca, el tabaco encendido era el único aliado y él único que me hacia recordar la amargura del café, su exqusito sabor de un amargor-piel, me hacia anhelar cada vez más a aquella mujer.

La recuerdo como si estuviese al frente de ella, vigilando sus pasos, sus pensamientos, tratando de leer sus labios, sus menudos labios granates, los que permanecían siempre inertes, siempre helados, sin una sonrisa que se quite de prisa, ni una sola, por más fugas que sea, siempre seria demostrando su extraña belleza, con un vestido blanco y largo, con una rosa roja en él, y con un enloquecedor cerquillo café que sin querer cubría parte del ojo izquierdo, siempre indiferente queriendo que todos la admirasen, esa era otra cosa que me hacia perder la razón, la idea de que estaba ahí sola, sentada en su silla caoba, rodeada de gente que siempre volvía a verla.

Su falda, la que como cortina tras ventana abierta bailaba al ritmo de la brisa, despidiendo su aroma, demostrando su pureza al elevarse entre sus piernas. Sus ojos, mis ojos, juntos hacían un enorme y carísimo brillante, un brillante negro e impenetrable, como lo era el vidrio, pero no aquella noche. Aquella noche vi sus ojos diferentes, al igual que sus zapatos chispeaban y con la ligereza de una pluma parecía sonreírme, sus cejas ya no eran firmes rectas sin gracia, y sus pechos, al igual que su cuerpo entero, estaban más cerca. A la vuelta de la esquina, literalmente.

Caminé hasta encontrarla, y volví a sentir las miradas acusadoras, fruncí el seño y sin pensarlo siete arrojé el cigarro al suelo, no quería recordar el sabor de su piel más, quería sentirlo otra vez y para siempre.


"...De una pedrada me baje el cristal
y corrí, corrí con ella hasta mi portal.
Todo su cuerpo me tembló en los brazos
nos sonreía la luna de mayo
bajo la lluvia bailamos un vals
un, dos, tres, un, dos, tres, todo daba igual
y yo le hablaba de nuestro futuro
y ella lloraba en silencios lo juro..."

Ahora soy yo quien espera rescate, sé que vendrás pues de aquí no me muevo y aquí me tienes que encontrar, no hablo con nadie y a veces vienen a visitarme algunos amigos, pero tampoco les hablo, no me entienten en la mayoría. Mis días son largos pero no placenteros. Ayer te hice una cansión, hablaba de nuestra precipitada aventura juntos, mis ojos estuvieron lluviosos mientras la cantaba, una y otra vez, incluso me pareció estár junto, pero no era así, fue un sueño y nada más...