Sobre este blog.

Cuatro años después del Septimo Cigarro, siendo un ex-fumador de tabaco y habiendo dejado de lado muchas de mis depresiones adolescentes, me vi aquí nuevamente tratando de robarle palabras al viento, para inmortalizar y/o dejar ir experiencias. Entre ensayos y esbozos intento recobrar esa antigua parte de mi, que creía había muerto.

25 agosto, 2008

Crónicas. I


Hoy, la noche sangra en todas sus horas, y no existen más aquellos vientos helados que lo paralizan todo. Hoy el ambiente no se puso asquerosamente cultural, ni los aires de escritor precario me han venido tan bohemios, como siempre lo hacen o lo han sabido hacer hasta ahora. Hoy los segundos eternos parecen haber culminado de una buena vez, e instantes antes de recobrar el conocimiento por completo, exterminé la sombra de aquello que como una mancha deshonraba continuamente mi ser. Hoy, como otros días, pero con seriedad legítima, entierro a pocas cuadras de mi casa numerosos recuerdos.

Marco hitos por costumbre a lo largo de todo lo que me ocurre, pero hoy, no muere ninguna otra parte de mí, no se queda en ninguna otra pequeña zanja, que mi cabeza confundida crea esperando dejar atrás el problema, hoy no dejo caer retazos de lo que pude ser, por todos lados. Hoy, como nunca he hecho, me dispongo a no dejarme perder entre los espejismos de sentenciado, y enfrentando la corriente de lo frecuente, pretendo leer mis memorias más recordables y recuperar lo poco que puedo de mí, dejando para siempre los arquetipos que intenté adaptar.

Hoy realmente me gusta lo que veo en sus ojos, que me miran con mayor luminosidad, cuando la beso y cuando me dejo perder en ella. Hoy descanso la mirada, que acompañada de una sonrisa infantil, buscan ansiosas encontrar el vaso medio lleno a todo, mientras que el pecho me golpea con fuerza, pero ahora sólo por amor. Hoy la psicóloga me sonrió un poco más de lo normal e inclinando la cabeza ligeramente hacia la izquierda, me dijo que la terapia estaba siendo bien llevada.

01 agosto, 2008

El terror y la rosa...

Como un perro se arrastraba entre la sangre y los restos de cuerpos, que tirados por doquier se dejaban comer por los gusanos. Jadeaba por el desenfreno que parecía acabarlo por completo, con temblores avanzaba a paso serpiente hasta la frontera del murmuro, donde el silencio daba sus brutales mordiscos. Sangrando y babeando continuaba el camino, siguiendo el rastro de suplicios y pedazos de hombre.

La sed asesinaba al engendro, que aceleraba la respiración, queriendo encontrar algo de vida que arrancar sin piedad, entre sus interminables grietas de sombra, sobre la acera.
Con tierra en las uñas, y con colmillos amarillos, cerraba un poco los ojos sombríos carentes de aquel brillo único de luna, mientras su penetrante gruñido se extendía sin terminar por toda la ciudad, que en llovizna de fuego se calcinaba como sólo sabe hacerlo un hombre expuesto al terror, en estos, sus años de mayor poderío.

Trozos de edificios en escombros, gigantescas pilas de destrucción y charcos de sangre sin fondo, el aire se iba bañando con aquel, el olor de sangre al oxidarse, el aroma del infinito frenesí, perfume de asesinos y de salvajes terrores. La bestia se extendía por toda la ciudad en llamas, hasta un pequeño rincón de una habitación a medio destruir, en una delgada grieta en el suelo, de donde brotaba una pequeña rosa, que por defenderse de la salvaje bestia, nació con espinas. Y con ésta, nació toda una larga y nueva historia.




Entonces volvió a preguntar, nunca renunciaba a una pregunta una vez que ya la había formulado en su pequeña cabecita rubia. Yo, encontrándome irritado respondí cualquier cosa:

- Las espinas no sirven para nada. Son pura maldad de las flores.




20 julio, 2008

El verdugo de París

El sibilino ha de llegar a perfumar Francia de terror,
ha de bañarla de sangre también.


Francia, 1793

Los días no hacen más que pasar sigilosos, entre cuchicheos y chismes vecinales, entre la brisa que últimamente parece oler a sangre. Las calles angostas y mojadas por la lluvia, ocultaban el más profundo de los terrores, que por no dejarse ver, caminaba con unas telas sobre el rostro, dejando mostrar lo suficiente como para caminar sin caerse, con paso acelerado, pero sin causar alboroto, se adentraba hasta el corazón de París, donde la bruma roja cubría la parte baja de las puertas y donde las paredes y ventanas lo oían absolutamente todo.

Las herraduras golpeaban el suelo de la ciudad, los caballos aceleraban el paso mientras que en el interior de la carreta un viajero buscaba refugio en el terror. La carreta paró cerca de la plaza, donde bajó un corpulento hombre, que inmediatamente se dirigió a la taberna.

- Un whisky por favor – pidió con educación, acercándose a la barra.
- Aquí tiene su whisky buen hombre. – Le dijo el tabernero poniendo un vaso chato sobre la mesa.

El hombre venía de Besançon, era un típico forastero, con una pequeña bolsa con monedas bien guardadas y un par de botas que daban a entender que habían huido largo tiempo.

- ¿Qué trae a un hombre como usted a Paris, mi buen señor?

Preguntó el tabernero esperando respuesta, pero ésta nunca llegó, el vaso golpeó la barra cuando ya estaba vacío, el extranjero pidió otro whisky, pero esta vez olvidando sus modales, como si la pregunta le hubiera ofendido o le hubiera hecho recordar algo realmente desagradable.

Aquella noche una agitadora lluvia bañó París por completo, el silencio sepulcral gobernaba entre las calles angostas y oscuras, mientras que el hombre de Besançon salía de la taberna después de haber posiblemente ahogado las penas, las penas de un hombre secreto que sólo calla sin remordimiento. Caminaba a medio tambalear, pero con paso acelerado y sin causar ningún tipo de lamentable espectáculo, con el mismo ritmo con el que avanza el terror sobre ésta sufrida ciudad últimamente. Distintas son las causas por las que un hombre se muda a París hoy en día, podría ser la necesidad, posiblemente el esconderse de algo, pero si se mudaba por estar en busca de futuro, de seguro no encontraría más que ajetreos y conflictos políticos. Hoy cuando se discute la definición de “República” y cuando son pronunciados a diario los derechos del hombre en la plaza central, uno puede verse atado a muchos problemas o ganarse numerosos enemigos con tan solo decir un par de palabras.

El día empezó con una gran y nueva noticia, “La república sólo puede nacer con la muerte de un rey” es lo que se oye por todos los rincones de la capital. Girondinos vociferan alocados, anunciando el principio del fin. Monarcas extranjeros mandan cartas haciendo mención a los derechos del hombre de los que tanto hemos hablado, y nos tratan de inconsecuentes al hablar de la pena de muerte. La palabra “revolución”, agotada de tanto uso, se deja de lado y se cambia a “república”. En el amigo del pueblo acusaba a los moderados de conspirar contra el futuro de Francia. Los conflictos con Austria y la incertidumbre interna desmiembran por completo al país.

Las banderas tricolores bailaban al ritmo del viento en la plaza, mientras el incorruptible hablaba con fuerza y voluntad. El sibilino extranjero entre la muchedumbre escuchaba, pero a diferencia del resto, no demostraba ningún gesto de sorpresa, al contrario, parecía saber exactamente las palabras que el jacobino diría, una tras otra, todas eran esperadas por el furtivo hombre.

Le ató las manos a la espalda, con fuerza y algo de brutalidad, como si de degollar a un animal se tratase, le sujetó el cabello con la mano izquierda y con la derecha lo cortó, con un afilado cuchillo que le desgarró el cuero de la cabeza. Le desamarró la soga que le mantenía la boca cerrada, para burlarse de sus lamentos y gritos, pasado un momento, desajustó un poco el nudo que le ataba las manos, como para que se desespere tratando de soltarse, como para antojarlo con el sabor de la salvación que nunca verá.

- El patíbulo le espera monsieur.

Escuchó sus gemidos y cuando trató de sacar sus regordetas muñecas del nudo, se burló aun más del antiguo monarca, lo puso de pie de una patada y lo subió a su carruaje cerrado, como último privilegio. Llegando al patíbulo, dejó que todos los hombres lo vean e insulten a su antojo, le hizo subir las gradas y mandó el toque de tambores, que silenció la última voluntad del que están a punto de ejecutar. La madera rodeó su cuello, ahorcándolo tan solo un poco, el verdugo quien tanto disfrutaba esto, llegó al máximo placer al soltar la soga que ataba la pesada cuchilla. La canasta se vio satisfecha de sangre segundos después, y los hombres gritaron enloquecidos por el espectáculo. Pedían más cabezas.

07 julio, 2008

Cuando yo muera te recordaré

Cuando yo muera.
Cuando el silencio eterno, en mí sea.
Cuando mi cara este pálida y fría,
pero sin olvidar que te quería.

Cuando el día sea oscuro.
Cuando no se escuche murmuro.
Recordaré tu rostro con melancolía,
pero sin olvidar que te quería.

Recordaré los días de guerra
de muerte, tortura y pena
también mi sangre, mi dolor y sufrimiento,
mis heridas, asesinatos y último aliento.

Cuando yo muera
Y la tarde sea oscura y fea.
Te recordaré con melancolía,
en mis minutos de agonía.

Recordaré cuando te fuiste
o quizá de la muerte huiste,
de la temible y aterradora muerte;
huiste sin saber que la felicidad podía darte.

Yo, que luché por ti tanto
Y ahora no estás aquí... ¡qué espanto!
Recordaré los tiempos felices,
pero que ahora sólo son cicatrices.

Recordaré tu ausencia y vendrá el dolor
y cuando muera sin verte, este será mayor.
Recordaré cuando tú eras mía
y ahora tan sólo eres poesía.

Recordaré tu sonrisa,
pero la muerte llegará, y la olvidaré de prisa.
Llegará destrozando y rompiendo todo,
dejándome muerto y solo.

05 julio, 2008

Cenicero lleno y copa vacía...

Su desayuno había sido un café pasado con un poco de alcohol para hacer del día un poco más llevadero, se había acostumbrado a esa forma de tomarlo, - Como Santiago – decía mientras se lo tomaba con rapidez, para no sentir el raspón de garganta al pasarlo. El desayuno solía ser lo suficientemente reponedor como para no sentir sueño hasta que la hora de descansar llegue, pero al caer apenas la noche los ojos comenzaron a hacerle una mala pasada, y sus parpados hinchados temblaban como de frío, amenazando con cerrarse.

Él, sentado en la silla de madera, en la que suele balancearse pausadamente, mientras cavila con silencio absoluto, como lo hacen únicamente los búhos, respiraba tranquilo y con la mano de escribir arrojaba madera a la chimenea.

Una mesa de madera maciza y ancha, poco artística posiblemente, con unos papeles encima, y cerca, al final de la gruesa tabla que reposa sobre las cuatro patas, un par de libros cerrados, una vela a medio apagarse y un papel doblado, como una almohada, que contenía hojas de tabaco listas para embutirse a la pipa del mismo material de la mesa. Sobre ésta también había cuadros repujados, unos pocos, con fotos de él acompañado de un amor, de uno de esos que siempre son el último amargor del café, uno de esos que es recordado en la última bocanada de humo, de ese humo luctuoso que últimamente parece ser tan abundante como la llovizna miraflorina.

Se dispuso a servir algo para tomar, pasado ya un rato de estar junto a la chimenea alimentando fuegos, - ¡Carajo! – dijo con fuerza al darse cuenta que no había café para pasar, sólo había uno de esos instantáneos, que se suelen comprar por pura rutina, así que prefirió un trago antes que eso, sacó de entre las botellas, una de las más antiguas, y se sirvió en un pequeño vaso. Era vino seco. Lo odiaba. En el fondo pensaba que derepente el sabor del vino seco no le traería recuerdos de besos mustios.

En su cabeza deambulaba la última palabra que había dicho, parecía rebotar contra las paredes, - ¡Carajo! – una y otra vez, hacía horas que su boca permanecía en silencio, se había acostumbrado a escuchar solamente el sonido que hace el fuego al quemar la madera y el vaso vacío al golpear contra la mesa.

Bebiendo al paso de sus latidos, el recuerdo volvió, como si el vino lo llevase a ella. Ni pensaba en salir a caminar otra vez por las calles, y toparse con sus pasos solitarios uno detrás de otro, haciéndole acordar que va otra noche más que camina solo, y luego bañarse con la garúa típica de noviembre al anochecer, y ver sus fotos al cerrar los ojos que eran vencidos por el sueño, las fotos de ella sonriendo junto a él, o las que él tomaba mientras ella dormía al costado suyo.

Otra vez se sentaba a sólo recordarla, refundiéndose de noche, en lo más profundo de lo que intentaba ocultar en el día, cuando de la sonrisa de la mañana no queda ni sombra y cuando no hay compañeros de café ni de vino junto a él, cuando no hay nadie quien escuche su llanto, ni quien sienta sus desesperados suspiros. Otra vez una de esas noches funestas, en las que recordaba que realmente la había amado y que ya todo había pasado también, a tal velocidad que parecía recién percatarse. Con el cenicero realmente lleno y con su copa totalmente vacía se dejó vencer por la inclinación de la silla y cayó hacia atrás sumiéndose en su dolor cuasi físico.

02 julio, 2008

La muerte de un reloj...

La vida es complicada para un reloj, deben estar todo el tiempo atentos y calculando, contando constantemente sin perder concentración, un instante de desequilibrio y toda la cuenta se hecha a perder. Los relojes deben mantenerse siempre tranquilos y serenos, sin emociones fuertes, pues cuando uno está feliz o distraído, el tiempo pasa rápido ¿no? Seguramente no tardarás en entender que eso no es algo conveniente para un reloj. Su función posiblemente sea el tratar de mostrarnos su percepción del tiempo, lineal y constante, pero le debe ser difícil también enfrentar que siempre al ser observado todos se den prisa y aceleren el paso, debe ser talvez por su mirada penetrante.

Kafca, seguramente nos diría que el tiempo no es más que una herramienta del hombre para complicarlo todo y enjaularnos. Kant por su lado, nos podría decir que es una de las unidades básicas para la percepción humana, ya que toda sensación se ubica dentro de un espacio y tiempo. Pero según Daniel F. que es la percepción que tomé, el tiempo no es más que una luz que intenta ocultarse en la sombra del viento burlón, que se besa o que se va de cabeza. Posiblemente si Daniel F fuera un reloj seria imposible que nos pueda mostrar su percepción del tiempo, sólo con un par de agujas, pero de todos modos tratando de entender su idea, y sabiendo ya como es de compleja la vida de un reloj, quise narrar aquí la muerte de uno.


Hay pasillos, como los de los hospitales que a menudo se hacen esperar segundos inmortales y convulsionantes. Hay pasillos sombríos como dignos de ser parte y de conducir a una gran habitación de un viejo palacio del medioevo.

Los pasillos comenzaron a llenarse de una bruma invisible y espesa, que sin querer cubrió los interruptores de luz y con su frío aliento besó al reloj, que desde el centro del pasillo sonaba con un eco casi tan infinito, como el largo del pasadizo profundo, marcando las doce menos un cuarto, el segundero que latía como un convaleciente corazón apunto de estallar en cuatro diferentes miembros.

Entonces la neblina espesa como una nata bañada de obscuridad comenzó a ceder ante una fuerza mayor desde el fondo del pasillo, algo cortaba el aire con increíble fineza, como lo haría una bala ante una capa de telas todas juntas, una después de la otra, entonces fue cuando el aire fue cortado por completo y se llegó a percibir algo más que el enloquecedor tic-tac del reloj. Un fuerte silbido de eco silencioso comenzó a escucharse a lo largo de todo el pasillo, no pasó mucho, para que una armoniosa melodía de canción de cuna retumbe contra las paredes e insulte los latidos del reloj, que parecía acelerarse cuando el silbido se agudizaba. El frenesí del silbido terminó por asesinar el corazón de tiempo que dejó caer sus agujas y señalando al seis con tal fuerza como si fuera el culpable de su muerte.

29 junio, 2008

Siete cigarros y una nota de suicidio.


Cigarro primero

Llegó a él una cajetilla de siete cigarros, delgada y de color blanco, que compraba cuando en su billetera no contaba con más de dos monedas. Una cajetilla más pequeña incluso que las comunes chicas, una de esas que cubría apenas las necesidades básicas de un fumador compulsivo. Y es que cuando un hombre tiene gusto por la lectura, como éste, nuestro protagonista lo tiene, es casi una necesidad llevar a cabo la gustosa acción y acompañarla con un cigarro o un café, o ambos en casos más placenteros todavía. A paso flemático andaba entre las angostas aceras de un parque pequeño y sumamente tranquilo que hay camino a su casa. Cantando casi en la mente, una posiblemente antigua canción, mientras abría la cajetilla, Calles sin color, vestidas de gris… - decía la canción, y después de un momento continuó cantando el poco alegre estribillo.
Para él hacía mucho que los días no eran más que domingos en potencia, pero no uno de esos domingos en los que posiblemente se pasa tranquilo con una buena lectura o compartiendo una amena conversación, sino uno de esos domingos donde el sol no hace más que transmitirte bochorno y cada una de las horas son inmortales, todos los días bañados de un color aburrimiento nostálgico, pues hacía mucho para éste pobre hombre que los pasos de la vida no se atrevían a robarle una sonrisa. Aquel cigarro fue uno de esos tan gozados, que se fuma cuando la barriga se está tan solo un poco más llena de lo deseado y cuando la brisa perfecta golpea con frescura el rostro al caminar. Al tercer choque de piedras llegó a mantener una llama firme con su encendedor, prendió su cigarro y dio la mágica primera pitada, ésta pareció entrar hasta lo más profundo de su ser y luego muy suavemente dejó escapar el humo por la nariz.

Segundo cigarro

Era un martes catorce de marzo. Prendió el cigarro sentado sobre el sillón de la sala, con el cenicero al costado, se encontraba recordando como años atrás recibía tan alegremente las navidades, escuchando villancicos mientras que su madre preparaba el pavo y su padre, fuera de casa, se encargaba de los regalos. Se extrañaba tanto por el poco tiempo que puede pasar y por cuanto puede cambiar uno por los acontecimientos difíciles que se van enfrentando. Aún en esos días, seguía con esa su idea de que todo hubiera sido mejor si hubiera vivido en los 70`s le hubiera gustado trabajar de seguro en una tabacalera, antes de que la ley prohíba la publicidad de cigarrillos, o posiblemente se hubiera encargado de la barra de un bar, a pesar de no ser sueños emprendedores, ni propios para un hombre rico, la idea de trabajar ahí le gustaba mucho y le gustaba pensar en eso.
Sobre el segundo cigarro, fue uno de esos que parece perder sabor mientras más pitadas le das. Uno de esos cigarros que nunca es contado, incluso cuando la cajetilla está medio vacía y se trata de hacer memoria de cuantos se ha fumado. Uno de esos que se pierden con las cosas del día y que se fuma cuando hay que matar el tiempo. La sensación de paz y ligereza que suele acompañar al fumar nunca llegó, fue uno de esos cigarros que pareciera nunca haber sido fumado.

Tercer cigarro

El miércoles parecía consumirse poco a poco junto al cigarro del cenicero. La tarde lo encontró sentado en su oficina, queriendo dejar correr las horas, mientras esperaba la salida. Le era agobiante la idea de tener que trabajar tiempo completo después de tantos años, a pesar de que la estancia en la oficina era cómoda, una alfombra gris cubría el suelo, los asientos acolchonados, aire acondicionado, un baño siempre oliendo a desinfectante, una cocina siempre disponible para poder preparar un café o calentar el almuerzo llegada la hora, en resumen, todo el ambiente de pequeño burgués que deseó tener cuando joven, parecía ser la replica exacta de la oficina de su madre, a diferencia que esta vez él trabajaba y no caminaba viendo los adornos extraños que se suelen tener sobre el escritorio, o tratando de entender los cuadros de arte abstracta que estaban colgados en los pasillos. Antes para él, la idea de oficina venía en un pack junto a la idea de libertad y trabajo sin presión, pero al conseguir todo lo que cuando joven deseaba, llegó a entender que todo es diferente cuando lo vives de primera mano.
Hizo pequeños aros con las últimas bocanadas de humo, mientras el cigarro se consumía casi por completo. Por alguna extraña razón, intentó remontarse al pasado, mientras veía el humo salir de su boca y como poco a poco los aros se iban deteriorando, pensó en dejar el cigarro primero, pero luego recordó al instante que no fumaba más que un cigarro al día, uno al día no hace daño, se dijo queriendo convencer, sin poder acordarse en la primera vez que fumó, pensó que de seguro había sido una de las pocas cosas que le dejó su padre, pues sólo recordaba una imagen de él, fumando sentado mientras leía y tomaba café, queriendo huir del brillo del sol bajo una sombrilla, lamentaba no poder recordar más, pues mucho no lo conoció, aunque estoy más que seguro que le hubiera gustado conversar con él alguna vez, sólo lo recordaba o fumando o jugando con apariencia de estar en otro lado. No dejaba de pensar, cosa que también debió haber dejado como herencia a su hijo, seguramente. Es de recordar para él que su padre era un hombre de buenas costumbres y maneras, poco golpeado por la vida pero si insatisfecho de ella, hombre de mucho carácter, conservador pero hombre cansado también, envejecido por sus propios tormentos.
El tercer cigarro fue apagado sobre el cenicero de vidrio que estaba en su escritorio, al acabarse por completo.

Cuarto cigarro

En memoria a su padre escribió unas coplas alguna vez, una de esas tardes en las que se creyó Manrique, coplas que leyó el jueves con un cigarro y un café en la sala de su casa. Terminando de leerlas, comenzó a observar una pequeña foto de su madre, antes de fallecer, cuando todo el mundo se le venía encima. Su madre comenzó a fumar tras la muerte inesperada de su esposo, jubilada y sin muchas ocupaciones, se dejó vencer por el cigarro, hace dos años y en el mes de Marzo. La rutina agotadora era obstáculo para poder ir a visitarla de vez en cuando, por eso será talvez que se sentía algo culpable. Recordaba los fines de semana cuando almorzaba con ella, cada fin adelgazaba más, ignoraba más a su enfermera y se guardaba más las penas para ella misma.
Las bocanadas de humo le desgarraban la garganta por completo. Dejó de fumar un momento, ignorando la ubicación exacta del cenicero, siguió pensando en su madre, mientras que la ceniza lo iba cubriendo poco a poco, como lampazos de tierra que caen sobre el cajón que encierra toda una historia, fue cubriéndose de ceniza hasta que la braza cayó sobre su mano. Al quemarse se puso de píe de un salto, limpió su ropa con las manos y pisó la braza que tocaba el suelo.

Quinto cigarro

Dicen que un vaso que está hasta la mitad de agua, puede estar medio lleno o medio vacío, dependiendo de la persona de quien mire el vaso, pero no es lo mismo con la cajetilla de siete cigarros, que compró hacía cinco días, ahora sólo contiene dos cigarros sin prender y uno en su boca recién prendido, viendo la cajetilla hoy se pasó gran parte de la tarde, pensando en todo lo que había pasado en estos dos últimos años, como su vida fue desvaneciéndose hasta llegar a eso, que es aún peor que estar muerto. Es la muerte en vida, se sentía como atrapado dentro de un retazo de si mismo, entre sombras de gente que ya no lo rodea, entre compañías que huyeron y recuerdos nostálgicos. En el mar de la incertidumbre y la poca satisfacción que la vida le mandaba, junto al sol un inequívoco resplandor.
Siguió fumando hasta que el cigarro poco a poco se acabó, sin producir asco ni satisfacción, sólo acabó como acaba el encanto de una flor que nunca fue vista pasada ya la primavera, como acaban las historias que nunca fueron escuchadas, como acaba este cigarro que posiblemente se asoma a ser uno de los últimos.

Sexto cigarro

Hace días que no puede escribir. Tiene el café. Tiene el cigarro. Tiene incluso el nunca disponible tiempo para poder escribir, pero no. Sentado y apoyado en su escritorio, con una lámpara de luz amarilla y con música tranquila, en resumen, el ambiente perfecto. No es suficiente. Nunca es suficiente últimamente. Sentía el repudio y odio que sólo puede sentir un presunto escritor al no poder verse reflejado en el papel.
El sexto cigarro. Como un toro divisando a su victima botó con fuerza, el humo de la nariz. Ebrio de tanto oír nada y queriendo vociferar sólo mantuvo el repugnante silencio. Dos horas sentado. Tratando de pensar. Tratando de evadir la impaciencia infantil que a veces por completo lo asaltaba. El cigarro finalizó con un par de asquerosas arcadas. Aplastó el cigarro contra el cenicero con adversidad inigualable.

Sétimo cigarro

Llegó así al último cigarro y a la parte más muerta de la tarde dominical, la más nostálgica, la más sepia y con aquella la tonalidad suave de la melancolía. Se fue envolviendo entre los retazos de poesía, y las frases a medio recordar que escuchaba en su nueva trova. Agobiado de la vida reposada y del escuchar a las ventanas golpear contra la pared, su muralla infranqueable. Voces. Voces en su interior alterando su muerte constante. Sus ojos negándose a ver en el espejo solamente su rostro, su rostro gris y sin perfumar. Sus ojos negándose a enfrentar que hacía horas sin razón lloraban. Una piel fría, amoratada y sin nada que la cubra más que esa pared producto de la aleación de cobre y hierro. Las puertas se abrían y cerraban, la helada brisa impetuosa del desenfreno recorría la casa desnudándola por completo. Y con esa, la última bocanada de humo, se dice que salió de su boca, algo más que dióxido. Desde entonces su boca se mantiene obtusa, haciendo burla del gesto de sorpresa que la vida nunca le trajo.