Sobre este blog.

Cuatro años después del Septimo Cigarro, siendo un ex-fumador de tabaco y habiendo dejado de lado muchas de mis depresiones adolescentes, me vi aquí nuevamente tratando de robarle palabras al viento, para inmortalizar y/o dejar ir experiencias. Entre ensayos y esbozos intento recobrar esa antigua parte de mi, que creía había muerto.

08 abril, 2008

Infantilismos...

Hoy esun día raro... uno de esos enlos que juegoa no querer hacer nada...
uno de esos enlos que juegoa no ponerle importancia anada y a noser ese prototipo de persona ocupada que pretendo ser siempre...
hoy es un día especial...
es un ocho de recuerdosinfantiles imaginarios y sin más que eso...
días como hoy me gusta salir a buscar bosques en la ciudad...
y a creaaar gigantescas montañasdeceniza y olvidarme mi relog en casa...
días como estos disfruto de algo que beber en la noche...
nochesde caminata...
nochesde humo...
nochesde recuerdos inventados...
nochesde felicidad inventada...
nochesde caracoles y caparazones...

30 marzo, 2008

El escondrijo de subterfugio

En busca de algo trascendente llegué a parar aquí… en un mundo cuyo cartel de entrada dice con letras pequeñas y poco deformes “Sólo para locos…” donde el asfalto es de brea y cuesta diferenciarlo de la carretera, donde de los árboles brotan cigarros como flores a medio marchitar, donde el sol escoge que vale la pena iluminar y que no. Casa de bohemios y esteparios que caminan sin encontrar algo que ocupe su alma del todo, el hogar para los que estén asqueados de todo lo que han vivido y han de vivir, asilo de los que se han artado de oír diatribas de toda calaña, hogar de hombres que busquen como anacoretas la soledad absoluta, y donde lo naranja y verde es sólo un recuerdo casi olvidado de lo que alguna vez se pudo entablar.

Campos interminables de cactus, con caminos desiertos, donde no vale la pena apostillar para nada y sobre nada, descanso de pensadores taciturnos, e inframundo para los que pensar no es su naturaleza. Hogar únicamente mío y de nadie más, escondite de unicornios y de lo que yo quiera que se oculte ahí, donde el aire acostumbrado está al canto de la armónica y a llevar el aroma de los buitres que de hambre han muerto sobre el suelo árido.

Los invito a compartir de mi mundo. Bienvenidos sean al escondrijo de subterfugio, donde el atisbar sillas vacías es tan simple como respirar, y donde el percibir la gélida neblina es algo que con el tiempo se llega a amar, domicilio de los que aman la lluvia, la braza ardiendo entre sus labios; domicilio de los aspirantes de humo y de los que gustosos pisan las hojas secas para escuchar el crocante sonido.

Señores feudales de diferentes lugares y soñadores de libros llegan a parar aquí, sin importar tiempo o espacio, junto a mí, en busca de algo que logre complementar al máximo su existencia, en busca de respuestas y a causa de morados fracasos. Sigiloso susurraré en oídos dormidos las sibilas secretas para llegar a mi escondite. Necesito de la presencia de los asesinos de la ilusión, de los bohemios, de los forasteros y de los escritores cruentos, los necesito aquí en lo más profundo de mi subterfugio, en mi escondrijo invisible.





25 febrero, 2008

Sobre los cigarrillos...

Otra vez salí a por un cigarro a la una y media de la mañana, últimamente parece ser la hora perfecta y exacta para salir a buscar el cigarro por unidad, rojo y barato. Soy estudiante así que aspirar al Lucky me es un poco difícil, me conformo con los clásicos y con la media cajetilla, pero eso si, siempre los rojos. Si puedo decir algo de los cigarrillos es eso, siempre fumé de los rojos, nada de mentol ni sabor a canela, ni light.

La primera vez que fumé, fue probablemente en los primeros años de secundaria, pero fue en afán de jugar a ser grande, una tarde traviesa con amigos del colegio, todos seguramente lucíamos pequeños y rechonchos, con una sonrisa de niño atrevido que se las sabe todas, y con un cigarro en la mano, que de seguro no encajaba en el cuadro, pero así siempre se empieza, al menos hoy en día todos deben haber empezado a fumar con anécdotas un poco tontas y vergonzosas, pero ese no fue el inicio de mi tabaquismo prematuro, éste empezó a los catorce años, cuando un amigo mío, me dio a sujetar su cigarro mientras él se ataba las agujetas, entonces le di una pitada después de mucho tiempo, fue uno de canela si mal no recuerdo, un cigarrillo negro con un hilo dorado que separaba el tabaco del filtro, me gusto el dulzor de los labios luego de la primera pitada, aunque el golpear el humo en el pecho, no era una idea muy placentera que digamos, pero con el tiempo se fue convirtiendo en compañía fiel mientras esperaba el autobús o cuando caminaba por la calle y me olvidaba mi reproductor de música; luego pasando a otros niveles de adicción, fumaba luego de comer y antes de dormir; finalmente pasé al tercer y último grado de adicción al tabaquismo que es el no poder hacer nada sin un cigarro en la boca.

Pasado un tiempo de empezada mi adicción, el amigo, quien junto a mí comenzó a fumar a diario, me comentó que hacía mucho tiempo un amigo suyo le dio a sostener su cigarro mientras éste se ataba las agujetas, pero fiel a su educación religiosa no dudó en no probar el cigarro, con el pasar del tiempo las fiestas y reuniones lo hicieron fumar aunque poco, y luego decidió repetir la jugarreta, pero ahora conmigo. Caí. Solo atiné a reírme al escucharlo.

Los meses fueron pasando, y poco a poco probamos diferentes cosas, cigarros con lo mejor de tabaco negro, que terminó siendo malísimo a mí parecer, luego probamos muchísimas marcas diferentes, con el ánimo que presenta un agnóstico al buscar diversas fuentes de fe. El puro no tardó en ser probado, donde encontramos uno de los mayores placeres. Pronto nos vimos sentados en la mesa de un café conversando con nuestro par de puros en la mano y alucinándonos como gánsters planificando el siguiente golpe. La cabeza te juega difíciles pasadas cuando de un vicio se trata, eso yo lo sé.

Una que otra vez me he visto en la situación de tener que prender los cigarros que horas antes había aplastado contra el cenicero fastidiado por haber durado tan poco, una que otra vez que no encontré un maldito quiosco a las dos de la mañana por mi casa y cuando no tenía dinero suficiente para comprarme media cajetilla en el grifo. Hay momentos de extrema pobreza. Y una vez, sólo una prendí un cigarro que estaba en el suelo cerca de una banca de parque, que no era mío, pero fue por una apuesta, no he llegado aún a tal nivel de ansiedad como para olvidarme tanto de mi dignidad.


Enamorado en sueños

Mi tarde es fría y opaca,
rodeada de un aire triste y mortal.
Las mañanas en bicicleta, bajo el sol de ayer,
se han vuelto melancólicas.

El humo de los carros, asesinan
al césped de los parques de la ciudad,
y las miradas azules y rápidas,
me insultan y ofenden.

Mis tardes de color pardo,
desprenden un aroma a incienso
y café recién pasado,
y traen a mi mente recuerdos.

Hermosas melodías en un violín,
que era tocado por una dulce y fina mujer,
que desnuda esperaba,
en una silla sentada.

Esos eran mis sueños,
de aquella hermosa mujer,
que en mi mente descansa y
sólo en noches aparece.

Las mañanas y tardes giran
muy lentas, y junto al reloj espero
la luna y el sueño,
que son el camino a mi amada.

En sueños me he enamorado,
y no encuentro forma de besarla,
siempre me mantengo a distancia y
tengo sólo la oportunidad de contemplarla.

La locura aguarda detrás de ella,
la impaciencia me invade
y sólo me queda dormir,
y sólo con verla me tendrá que bastar.

22 febrero, 2008

El café burgués II



El café no era de su agrado, seguramente afirmaría nunca haberlo probado, las gigantescas nubes blancas y grises cubrían sus pensamientos más utópicos, bajo la noche de luna amarilla caminaba, vistiendo de negro y fumando de blanco lucky. El aire masajeaba su cabeza suavemente, humedeciendo sus cabellos como sólo la brizna miraflorina sabe hacerlo.

No llevaba ni sombreros de copa, ni terno, ni celular, ni reloj, todos estos complementos de esa falsa apariencia descansaban sobre su cama mal tendida, en su pequeño departamento de san isidro y perteneciente a una calle no muy transitada y bastante iluminada, el paisaje iba cambiando, mientras el hombre caminaba con aquel paso acelerado de empresario, se dirigía al café, pero no por uno, quería un trago amargo y frío, que desgarre junto al humo del cigarrillo su garganta. Era un viernes si mal no recuerdo, un viernes de llovizna gris y de trabajo acelerado, un viernes digno de vestir un gabán negro de bestseller neoyorquino.

Por su forma de fumar se podría afirmar que le gustaba hacerlo hasta sentir el plástico del filtro quemar su garganta, y luego de un trago de ron y del inevitable gesto de dolor y asco, tocía un poco y dejaba salir el humo con suavidad por la nariz. Acto seguido del hombre no fumador, era el pasar su mano por la cabeza, queriendo desgarrarse el cuero cabelludo, del que cuidaba tanto en las mañanas antes del trabajo, con un semblante de hombre insatisfecho llamaba al sujeto de corbata pequeña que seguramente había visto en tarde de café, le conversaba un poco acerca de la música y de la gente que asistía al local, pero al no poder entablar esa conversación espontánea que tanto había deseado, con cierto desprecio y arribismo le pedía otro trago, aprovechando su calidad de cliente y lo apuraba un poco, como para guardar las distancias y no mostrar debilidad, quedándose nuevamente solo, él, su cigarrillo blanco y su cenicero casi lleno.

Veía con desdén la mesa donde pocas horas antes había estado con una dama y caballero bebiendo café. Su mirada caía y con una sonrisa burlona recordaba los tontos comentarios que se suelen dar cuando la charla no sabe a donde ir a parar. Miraba el suelo, la luna, la mesa, su mano sujetando el cigarro y luego el ron, su pupila deseaba bailar pero su perfil de empresario lo anclaba a estar sentado sin poder decir nada, se cuestionaba sobre el momento exacto en que su vida tranquila y espontánea había llegado a convertirse en aquel tipo de vida cargada de rutinas y suaves brisas invisibles vacías de toda amistad que no esté ligada a ninguna conveniencia.

Pasadas un par de horas, el no fumador seguía sentado sobre la silla, sin mover más que la mirada y su brazo que con un infinito sube y baja depositaba las cenizas y aspiraba fuertemente, había analizado su situación en los últimos años y notó que esa no era la clase de vida que quería mantener, entonces fue cuando recordó que el fin de semana pasado se había encontrado en la misma situación. Bebió el último trago de ron, botó la última bocanada de humo, pidió la cuenta mientras aplastaba el cigarrillo contra el cenicero, y luego se marchó del café sin hacer ningún cambio y considerando todas esas horas de meditación existencial como otra rutina más, sin arriesgarse a ninguna mudanza de perfil pasó por entre avenidas y llegó a su calle no muy transitada pero muy iluminada de san isidro, entró en su departamento y recordó que la semana pasada había terminado todo igual y que nada cambiaría por más que lo meditase.

Los he visto

Los he visto, escondidos y en grupos,
de ropas negras, tratando de esconder su raza,
de barba larga y ojos hundidos

y poseedores de una fría y calculadora mente.

Y mientras asesinan más devotos se creen,
todos hermanos de sangre y creencias,
todos ambiciosos también,
y victimas de numerosas conspiraciones.

Bajo sus peladas cabezas,
los deseos más sucios se pueden esperar,
siempre indecentes y desgarbados,
sabios, cohibidos y mutilados.

En el suelo de la sociedad
y sobre ella también,
aparentando ser victimas,
escondiendo su rostro culpable.

Muchas veces excluidos,
Están por todas partes y sin rumbo,
trayendo nada más que problemas al mundo.
por la busca de más poder.

02 diciembre, 2007

El café burgués



Eran dos hombres, uno fumaba, el otro decía nunca haberlo hecho. El fumador levantaba una delgada tasa de café, recién pasado, se quemaba ligeramente los labios y dejaba caer lentamente, bañando su interior de la negra infusión, luego, el filtro del delgado cigarrillo era el segundo en besar sus labios, aspiraba con suavidad y dejaba botar el humo con frenesí, cerraba desaforadamente los ojos y se acomodaba el sombrero cilíndrico y no muy sutil, la bocanada de humo se perdía entre el rostro del hombre que al frente de él bebía café y lo acompañaba con una pequeña galleta que casi ni sabor tenía, por el amargor del café. Pero ya no era un cigarro el que besaba los labios del primer hombre descrito, una mujer con un vestido magenta escotado, entró en el café y sin pronunciar muchas palabras, saludó al fumador con un afectivo beso en los labios, pero no era un caluroso beso típicamente de los jóvenes, que se pueden ver en los parques o entre las calles oscuras, fue un beso delicado, como si de aristocracia se tratase.



La mujer se sentó luego de saludar al segundo hombre, con el brazo derecho levantado, le hacía una seña a un tercer hombre, que se acercó con su pequeña corbata y trajo otro café para la refinada dama, ella tampoco fumaba, su padre lo había hecho durante años y el olor le traía malos recuerdos de su niñez. En una mesa circular y de poco radio conversaban sobre la baja del dólar. Cuando el cenicero estaba casi lleno, el segundo hombre, el no fumador, abrió una pequeña caja con chocolates que probablemente habría comprado en una pequeña tienda, cercana a su casa, probó uno y dejó la caja sobre la mesa para que sus acompañantes disfrutasen de ellos. El hombre de los chocolates era el más joven, tenía lentes, pero no solía usarlos por comodidad, asistía a ese café continuamente al igual que los otros dos sujetos sentados y sé también que vivía por alguna calle transitada de San Isidro.


El día era cálido, era inevitable no cerrar los ojos al salir de casa, los rayos del sol causaban ese molesto brillo contra la vereda que parece calcinar la retina. Se podría decir que no era un día apropiado para salir a tomar un café recién pasado, pero para ellos no era así, era el día perfecto, bajo un delgado toldo que los cubría del sol y sentados viendo a la gente pasar frente a ellos, sin mencionar un tema de conversación trascendente, como si no existiese razón alguna para tomar un café, un día laborable y talvez los tres eran necesitados detrás de su amplio escritorio, junto a su pila de papeles y dirigiendo una empresa prospera, pero solían salir dejando todo dentro de su despacho, solían salir a tomar un café y olvidar el trabajo.

El hombre no fumador, era un liberalista, un joven empresario como lo llamarían muchos, trabajaba a unas pocas cuadras del café y no mantenía una relación amorosa estable hacía mucho, se excusaba con su falta de tiempo, pero tanto la dama como el caballero fumador sabían muy en el fondo que se trataba de una falta de intimidad y de una timidez constante. Era un lector activo y solía acabarse libros con rapidez, mantenía contacto con unos pocos sujetos de la mafia limeña, pero no mantenía relación constante con alguien en especial, sólo con la dama y el fumador, que seguramente no eran apreciados por él, pero a falta de amigos, están los compañeros y sus acompañantes en el café de la tarde eran ellos.

La dama de lujosas pulseras era la secretaria del hombre fumador, no solían mantener relación fuera de la oficina, pero si solían mantener esa intimidad entre jefe y secretaria que algunas veces se puede percibir, no eran ni siquiera amigos, pues no se comentaban sus problemas ni había ese interés del uno por el otro, pero si era una buena costumbre el llegar a la oficina y saludarse con un beso que no corresponde.

Una corta brisa pasó entre los cabellos de la dama, movilizándolos, haciéndolos volar con el ritmo que seguían las cenizas del cigarro que el fumador hacía brotar con un movimiento de dedos casi invisible, y el verla con los cabellos alborotados fue suficiente excusa para que el caballero fumador le tocase la pierna, demostrando así la típica relación entre jefe y secretaria que ya había sugerido con anterioridad. El joven capitalista, no mostraba señales de exaltación ante ese tipo de relación vacía y sin bases afectivas, puesto que en su pequeña empresa había tenido encuentros parecidos con sus empleadas. Este joven tendría aproximadamente unos treinta años, pero su precaria juventud es en la que me baso para mencionarlo como el más joven de los tres. Vestía al igual que el fumador un incomodo terno de color oscuro y junto a su silla descansaba un maletín con cosas que sólo él entendía y podría aplicar. El no fumar era una característica que no encajaba con su personalidad, la razón de su desprecio hacia la nicotina no es sabida, pero si puedo asegurar que el no haber probado nunca el cigarro era una falacia, pues aún recuerdo haberlo visto caminando en las noches de Miraflores, dirigiéndose a su casa y haber buscado con una mirada desesperada una pequeña tienda para comprarse un delgado cigarrillo blanco, luego de comprarlo lo prendía en seguida y tras botar la primera bocanada de humo y guardado ya su encendedor, caminaba más tranquilo hacia su casa, no podría asegurar el porqué de su mentira, pues al igual que la dama y el fumador, eran extraños para mi, e incluso entre ellos mismos lo eran.