Sobre este blog.

Cuatro años después del Septimo Cigarro, siendo un ex-fumador de tabaco y habiendo dejado de lado muchas de mis depresiones adolescentes, me vi aquí nuevamente tratando de robarle palabras al viento, para inmortalizar y/o dejar ir experiencias. Entre ensayos y esbozos intento recobrar esa antigua parte de mi, que creía había muerto.

16 abril, 2009

Crónicas. VI


Uno suele mentir, y ser un poco cobarde, suele reír más e imitar voces, le encanta ser un poco escandaloso y actuar un poco tonto, le encanta enamorarse y ser completamente dependiente a sus sensaciones y sentimientos, que aunque parezcan, no son lo mismo. Le gusta contar sus cosas y no fuma más de lo necesario, canta Lafourcadas y Venegadas, una que otra de la Chilanga banda.

Es un poco niño, le gusta salir, y tener una melliza, le gusta tomar guaraná helada más no alcohol, le gusta escribir un poco a su idioma, e interpretar todas las cosas a su modo, medio fantasioso, relaciona todo de alguna forma mezclada que sólo él entiende. Hacer muecas y sacar la lengua, reír todo el tiempo y animarse como él sólo sabe hacerlo. Le encanta recordar que en algún momento prometió casarse en una iglesia y pensar en sus hijos y en su preciosa señorita.

Todo esto dura, dura lo que dura una fantasía, piensa luego y con éstas palabras se declara como Aldo, el pesimista, el que vive para él y con el único objetivo de crecer materialmente. El que maldice a cada segundo, el que fuma de más, el que no disfruta las cosas y hace todo apuradísimo, por que su tiempo siempre vale más, más que cualquier otra cosa, así se la pase viendo a un puto ordenador sin tener más que poder escribir en éste el blog que comparte con Gabriel, el mellizo.

Sabe muy poco de la vida, y odia esos, los libros que leen a menudo sus padres de superación personal, odia a la gente disforzada y a aquellos que se pasan la vida hablando estupideces, cree tener la gran capacidad de escribir y de diseñar, y no le interesa el resto. A menudo manda a sus amigos a la mierda, por creer que no valen la pena, o por creerlos superficiales. Ama el café y el trasnocharse, en busca de que algún brillo lunar le regale el sentido a la vida.

Yo, que creo conocerlo bien, podría decirte que es un guerrero, anacoreta, un bohemio eternamente somnoliento y en busca de la fantasía, de alguna verdad absoluta. Lo llamo Aldo, el pesimista, por el hecho de que está eternamente en la puerta de la libertad, de la felicidad, pero por no poder verse inferior a Gabriel, al que lo prosigue en nombre, descarta toda posibilidad de tregua.

A. ¿Pero son el mismo?

B. Si.

A. ¿Y cómo viven?


B. En guerra.

15 abril, 2009

El artista de los dos pinceles.



Todo se había dibujado con una acuarela suave, compuesta de ocres y grises oscuros, cubierta de sombras también. No recuerdo la hora que era en ese momento, pero la hora en la que se había llevado a cabo todo, al parecer había sido en la madrugada, las dos o los tres talvez, a esas horas, donde los artistas trabajan mejor que nunca, nadie lo sabía con exactitud. No había más manchas de lo necesario, había sido una de esas obras típicas de protesta, parecía que estábamos hablando del artista de los dos pinceles. Sinceramente me enorgullecí cuando noté la delicadeza que había tenido al llevar todo a cabo.

Todo era perfecto. Cada comentario del resto de espectadores me asombraba más, habíamos permanecido todos observando durante larguísimos minutos y a pesar de eso, habían detalles en cada centímetro cuadrado que nos maravillaba más y más. No estoy seguro si todos compartían mi concepción. Será que conozco al artista, me dije y volví la mirada al pasillo. Es que realmente no podía creerlo, era hasta el lugar perfecto, una antigua fabrica abandonada y justo en el complejo de oficinas, donde los ventiladores seguían prendidos pero sin ventilar a nadie, donde había un par de focos que prendiéndose y apagándose se quedaron durante días, el lavamanos del baño con el tuvo de abasto agujereado y goteando. Una de las puertas, si mal no recuerdo la de la oficina del supervisor, daba en ángulo recto al ventilador y se abría y cerraba, por el viento, dándose de rato en rato y contra la pared fuertes golpes que lo paralizaban todo.

Levanté aún más la mirada, cuando un espectador reconoció al instante la mano del artista, me sentí realmente como el padre orgulloso de su hijo, al ver que su trabajo estaba siendo reconocido. Saqué en ese instante un delgado pañuelo del bolsillo de mi gabán, me saqué las gafas y limpié los vidrios, mientras me ponía en cuclillas para acercarme un poco más a la obra. Prendí un cigarro y lo disfruté como pocas veces se dejan disfrutar los cigarros.

Éramos como veinte sujetos, contándome, todos habíamos venido igual de rápido, sólo que yo, de seguro el único vine mentalizado y esperando ver lo que encontré. De los veinte que estuvimos ahí aquella vez, quince o catorce habían llegado por curiosidad y por constatar si era cierto lo que tanto se había dicho, sólo cinco a seis lo conocían y cinco o seis pensaban que se trataba de un asesino algo desenfrenado. De esos cinco a seis, sólo yo me sentía orgulloso.

Estoy seguro que pasó tal como lo imaginé.

Se había sentido un poco cansado, un poco mareado, desde que salió de la oficina y comenzó a caminar por el pasillo, hasta el baño, pero entonces un agudo dolor de cabeza lo detuvo, volvió a todos lados, hasta que lo vio, aparecer como un espectro, rápido y feroz. Intentó pararse derecho para defenderse si es que intentaba algún ataque, pero la droga ya surtía efecto. Un lobo pareció. Tenía los colmillos afuera y una sonrisa alocada, el cabello despeinado y su rostro pálido solo dejaba ver sus ojos, aún más penetrantes que el par de cuchillos que tenía en las gigantescas manos de minotauro.

En un instante la neblina, la oscuridad, los pasillos largos, el aire del ventilador, transformó todo en un laberinto, y la bestia rodeaba al hombre asechándolo, quiso correr, pero un mal paso lo hizo tambalear. La bestia reía a todo volumen y sus gritos rebotaban muro a muro, se fue acercando, poco a poco con la cabeza inclinada hacia la izquierda y la boca abierta.

El espectro, la bestia, el asesino, el porta puñal, el asechador, se iba aproximando a la victima sin decir más que gritos sin sentido. Era la sed, estoy seguro, y fue el miedo que hizo que el hombre tratase de correr y cuando cayo al suelo se arrastró por el infinito pasillo, entonces fue cuando la bestia saltó como el lobo que era de frente a la garganta, y con los puñales le perforó el vientre una y otra vez, hasta escuchar el choque del metal contra el suelo y dejando que la sangre manché las paredes y su rostro, luego soltó uno de los cuchillos y agarró el cuello de su ya destripada victima, y sintió la yugular correr a toda prisa, y mientras con el brazo derecho le iba haciendo cortes a lo largo en todo el pecho. Poco a poco iba sintiendo con el dedo pulgar izquierdo, como la arteria se iba deteniendo, y con ésta las respiraciones de ambos. Los chorros de sangre caían en ambas paredes y el suelo era una piscina por completo.

Dejó los ocres intactos, las sombras se fueron dibujando mientras los focos se iban prendiendo y apagando, el aire se encargó de esparcir el olor a sangre, ese olor similar al oxido, y el pasillo modeló los charcos rojos por todo el complejo de oficinas. Firmó con los dos pinceles en el rostro de la victima y desapareció junto con la bruma.

19 marzo, 2009

El café burgués III




- Dos prensados, americanos, sin azúcar.
- Perfecto. ¿Algo más?
- Si, por favor, una cajetilla grande roja.
- ¿Lucky Strike? ¿Marlboro? ¿Pall Mall?
- Lucky Strike. Gracias.

El hombre se fue, sin decir más y en el camino a la barra recogió un par de tazas de la mesa cinco. ¿Cuál había sido la mesa que escogió nuestro hombre? La siete, por supuesto, ni pensar en otra. La que estaba junto a la pared, y con una ventana elevada, como para ventilar adecuadamente la conversación.

¿Acompañado? Si, de un hombre más, de uno de esos que caminan con maletín, con camisa a rayas y con una corbata negra así el verano se encuentre en su máximo esplendor. No se miraron siquiera, hasta que el hombre, anteriormente mencionado, retornó a la mesa siete con el pedido.

Tomaron el café, uno de los dos comenzó a fumar, mientras el otro comentó sobre el buen sabor de aquel café Verona. ¿Siempre hablan sobre ese tipo de cosas, antes de llegar al punto? Si, casi siempre. La verdad pocas veces hablan, uno de ellos opta a menudo por callar y nunca llegar al punto. Pero no por propio gusto, al parecer sufre aquel mismo estado crítico de Haller, y lucha contra sigo mismo en cada una de sus decisiones.

Casi siempre lo veo, luego de haber estado acompañado, luego de tomar su patético y romántico Verona prensado, luego de hacer aquel gesto con la mano, acompañado de un “No, no gracias. No fumo” Si, luego de toda aquella posición mal adaptada, lo veo en el café, en su mesa siete, con un café Express Irlandés, uno especialmente caliente, y con uno de sus cigarrillos baratos, uno de esos que raspan la garganta.

Su café prensado burgués siguió por una media hora, sin comentario de mayor importancia que “éste café es bueno, siempre vengo aquí” o “hacía días que no tomaba un café tan rico como éste” o “nunca me gustó fumar” o “hoy el trabajo me tuvo más que estresado”. La conversación se hizo pasado un rato un poco espontánea, el hombre fumador y el que se había visto obligado a dejar su sombrero de copa en casa, le dijo a nuestro hombre que había despedido a su secretaria, que de un día al otro no la pudo ver más, que no la aguantaba y que no quería que ésta se le acercase. Hubo un silencio seguido de su comentario, seguramente le chocó la firmeza de su decisión, no había pasado una semana desde que ambos se saludaban con un beso al encontrarse en la oficina o en el café.

Era entonces, cuando sentía los golpes de su posición fingida, de hombre ocupado y de empresario exitoso, y es que realmente lo era, era un hombre ocupado y un exitoso empresario, pero no solamente eso, y lo notaba cuando no se veía satisfecho con lo que ésta visión le traía, cuando estos, los comentarios tan inhumanos destrozaban su aparentemente firme corteza de hombre serio e igualmente de poco impresionar, hombre ambicioso que no le importaba el resto, hombre sin amigos, ermitaño adinerado, un anacoreta que vivía de lo único importante para él.

¿Importante para él, qué era eso? Para él, lo único importante era el trabajo, el dinero y este tipo de cosas que sólo te puede regalar la vida cuando con desdén la miras y con desconfianza absoluta buscas sobrevivir en vez de vivir.

27 febrero, 2009

Un tal Gabriel.


De un tal Gabriel, he de hablar, de un tal cafeinómano, adicto al cigarrillo y a la buena lectura. De un solitario talvez.

Caminaba como siempre, a paso rápido como saltando, con su boina negra y sus lentes oscuros, poco asqueado por el sol que despide el cielo en el mes de su cumpleaños. Se sentó en una banca de La Mar, a pensar un poco, a esperar que la hora de entrar a clases llegase, se sentó y prendió un cigarrillo como era costumbre, levantó poco la mirada y arribó el brazo sobre el respaldar.

Ambos sabíamos que ese lugar le gustaba, era como encontrarse con su "otro yo" por así llamarlo. Un tal Gabriel, que conocí una vez, parecía tener doble personalidad, y parecía encontrarse en el, talvez interminable, debate de personalidades siempre aquí, sentado en su banca de avenida no transitada. Todo se le dibujaba como un pequeño pueblo de sierra limeña, pues otro tipo de sierra no conocía. Todos se hablaban, todos se saludaban, todos trabajaban en el mercado y todos se ayudaban entre sí. Era como una de las comunidades a las que le hubiera encantado pertenecer cuando niño, pero ahora, con sus diecisiete años y de repente un poco más sensato, notó que el nunca pertenecería ese tipo de grupos sociales, unidos y trabajadores, ni tendría amigos por su casa, y si los tuviera, no compartiría sus cosas con ellos.

A Gabriel le gustaba sentarse en esa banca a observarlo todo, como testigo y le agradaba también un poco sentirse no cómplice, sentirse un poco intruso, un poco lejano. Le gustaba compartir el sentimiento de Haller en las gradas viendo la araucaria, le gustaba sentirse todo un lobo estepario, y me lo hizo notar varias veces. Le agradaba la vida pequeño burguesa, pero era demasiado desordenado como para mantener una.

Me comentó una vez que por ratos aborrecía mi presencia, y la de sus amigos, la de su enamorada incluso, en algunas circunstancias, me comentó que era demasiado egoísta como para escuchar al resto de gente y como para poder sentirse a gusto por mucho tiempo. Amaba su desorden, su desconfianza, su ansiedad, sus taquicardias, su vida solitaria. Le agradaba trabajar hasta las madrugadas y hacer sus cosas sin dependencia. Yo siempre pensé que tenía conflictos, pero era extraño, talvez no lo entienda nunca del todo.

Después de leer a Herman Hesse, entendí un poco el caso de Haller, y su conflicto con las dos generaciones, entendí a Gabriel en parte. Tenía un conflicto entre lo ideal y real también. Y es que lo he escuchado hablar de la vida totalmente desenamorado y decepcionado. Lo he escuchado insultar a todos y a sí mismo. Lo he visto ebrio y drogado. Lo he visto enamoradísimo y asqueado de todo. Y creo que muy en el fondo, siempre deseó tener su escondrijo subterfugio, su refugio solo para locos, su café-bar favorito cargado de bohemios y su marihuana mágica que lo haga huir un poco.

Conversando con él, llegué a verlo como un hombre seguro y totalmente hecho, pero a veces también como un niño que no sabe muy bien como actuar y que se equivoca en cada paso. Un niño que pide disculpas por cada cosa que hace y que esconde su rostro bajo la almohada muerto de vergüenza.

17 febrero, 2009

Feliz sea yo.

happy birthay YO YO!

happy birthay YO YO!!!

happy birthay gaRAbATo!!!

happy birthay YO YO!!!!!!

Hoy es mi cumpleaños, asi que deseenme lo mejor TODOS!

15 febrero, 2009

Crónicas. IV


Es extraño dijo Gabriel volteando la boca hacia un costado, y cerrando ligeramente los ojos, como si se tratase de analizar, de algún otro método, que no había utilizado antes.

Me siento, como esparcido, “como mantequilla en mucho pan” como dijo Bilbo, no podría suponer el porqué, pero todo es un mar de sentimientos encontrados. Si fuera mujer seguramente le echaría la culpa a la regla, pero dado que no es el caso, no me queda más que describir este desagradable espasmo de incertidumbre que no por lo general me apabulla hasta ahorcarme, sugiriéndome así una muerte atroz.

Hace algunos días que no me desvelo con mis aires de escritor bohemio, esperando que fluyan dulces prosas. Será que nos vemos un poco menos y te extraño de más, o que hace algún tiempo también que llevo esta terrible gripa que parece quitarme el ánimo a todo. Y es eso precisamente lo que me ocurre, pero no estoy seguro deque haga bien al atribuirle esta culpa al resfrío. Le he perdido las ganas a muchas cosas, siento que algo me falta, tengo ganas de sentir algo fuerte como fumar el cigarro hasta sentir mi garganta quemarse por el plástico del filtro. Quisiera bañarme con agua tan caliente que sienta crecer ampollas en la dermis, y valla que me hace falta un baño, pues los domingos creo, no son días para bañarse y hacer ese tipo de cosas que se suele hacer el resto de la semana. Los domingos son para dormir.

Algo me ha estado fastidiando cuando te hablo por celular estos últimos días, algo me quita la paciencia al tratar con mi abuela, algo me hace no hacerle caso a mi madre cuando me pide favores, algo me obliga a cambiar de carácter de pronto, como si de algún modo me resintiese por algo que realmente no se como describirlo.

“No se que me pasa” te dije ayer mientras tratábamos de arreglar mi cara larga con una conversación. Traté de explicarle a Piero mi condición algo inexplicable, pero por una extraña razón, seguro por éste mismo desanimo, no quise decirlo. Mi rutina es un poco sedentaria, me levanto semitarde, desayuno, toco guitarra y voy a clases de diseño. Bastante aburrida.

Creo que necesito de algún modo algo que sutilmente me encante nuevamente, que me devuelva las ganas de hablar como mellizo, recibir detalles, que me traigas sonrisas, ORDEN de repente, no lo sé en realidad. Te necesito un poco más de repente, o con un poco más de esos alocados momentos.