Sobre este blog.

Cuatro años después del Septimo Cigarro, siendo un ex-fumador de tabaco y habiendo dejado de lado muchas de mis depresiones adolescentes, me vi aquí nuevamente tratando de robarle palabras al viento, para inmortalizar y/o dejar ir experiencias. Entre ensayos y esbozos intento recobrar esa antigua parte de mi, que creía había muerto.

07 julio, 2008

Cuando yo muera te recordaré

Cuando yo muera.
Cuando el silencio eterno, en mí sea.
Cuando mi cara este pálida y fría,
pero sin olvidar que te quería.

Cuando el día sea oscuro.
Cuando no se escuche murmuro.
Recordaré tu rostro con melancolía,
pero sin olvidar que te quería.

Recordaré los días de guerra
de muerte, tortura y pena
también mi sangre, mi dolor y sufrimiento,
mis heridas, asesinatos y último aliento.

Cuando yo muera
Y la tarde sea oscura y fea.
Te recordaré con melancolía,
en mis minutos de agonía.

Recordaré cuando te fuiste
o quizá de la muerte huiste,
de la temible y aterradora muerte;
huiste sin saber que la felicidad podía darte.

Yo, que luché por ti tanto
Y ahora no estás aquí... ¡qué espanto!
Recordaré los tiempos felices,
pero que ahora sólo son cicatrices.

Recordaré tu ausencia y vendrá el dolor
y cuando muera sin verte, este será mayor.
Recordaré cuando tú eras mía
y ahora tan sólo eres poesía.

Recordaré tu sonrisa,
pero la muerte llegará, y la olvidaré de prisa.
Llegará destrozando y rompiendo todo,
dejándome muerto y solo.

05 julio, 2008

Cenicero lleno y copa vacía...

Su desayuno había sido un café pasado con un poco de alcohol para hacer del día un poco más llevadero, se había acostumbrado a esa forma de tomarlo, - Como Santiago – decía mientras se lo tomaba con rapidez, para no sentir el raspón de garganta al pasarlo. El desayuno solía ser lo suficientemente reponedor como para no sentir sueño hasta que la hora de descansar llegue, pero al caer apenas la noche los ojos comenzaron a hacerle una mala pasada, y sus parpados hinchados temblaban como de frío, amenazando con cerrarse.

Él, sentado en la silla de madera, en la que suele balancearse pausadamente, mientras cavila con silencio absoluto, como lo hacen únicamente los búhos, respiraba tranquilo y con la mano de escribir arrojaba madera a la chimenea.

Una mesa de madera maciza y ancha, poco artística posiblemente, con unos papeles encima, y cerca, al final de la gruesa tabla que reposa sobre las cuatro patas, un par de libros cerrados, una vela a medio apagarse y un papel doblado, como una almohada, que contenía hojas de tabaco listas para embutirse a la pipa del mismo material de la mesa. Sobre ésta también había cuadros repujados, unos pocos, con fotos de él acompañado de un amor, de uno de esos que siempre son el último amargor del café, uno de esos que es recordado en la última bocanada de humo, de ese humo luctuoso que últimamente parece ser tan abundante como la llovizna miraflorina.

Se dispuso a servir algo para tomar, pasado ya un rato de estar junto a la chimenea alimentando fuegos, - ¡Carajo! – dijo con fuerza al darse cuenta que no había café para pasar, sólo había uno de esos instantáneos, que se suelen comprar por pura rutina, así que prefirió un trago antes que eso, sacó de entre las botellas, una de las más antiguas, y se sirvió en un pequeño vaso. Era vino seco. Lo odiaba. En el fondo pensaba que derepente el sabor del vino seco no le traería recuerdos de besos mustios.

En su cabeza deambulaba la última palabra que había dicho, parecía rebotar contra las paredes, - ¡Carajo! – una y otra vez, hacía horas que su boca permanecía en silencio, se había acostumbrado a escuchar solamente el sonido que hace el fuego al quemar la madera y el vaso vacío al golpear contra la mesa.

Bebiendo al paso de sus latidos, el recuerdo volvió, como si el vino lo llevase a ella. Ni pensaba en salir a caminar otra vez por las calles, y toparse con sus pasos solitarios uno detrás de otro, haciéndole acordar que va otra noche más que camina solo, y luego bañarse con la garúa típica de noviembre al anochecer, y ver sus fotos al cerrar los ojos que eran vencidos por el sueño, las fotos de ella sonriendo junto a él, o las que él tomaba mientras ella dormía al costado suyo.

Otra vez se sentaba a sólo recordarla, refundiéndose de noche, en lo más profundo de lo que intentaba ocultar en el día, cuando de la sonrisa de la mañana no queda ni sombra y cuando no hay compañeros de café ni de vino junto a él, cuando no hay nadie quien escuche su llanto, ni quien sienta sus desesperados suspiros. Otra vez una de esas noches funestas, en las que recordaba que realmente la había amado y que ya todo había pasado también, a tal velocidad que parecía recién percatarse. Con el cenicero realmente lleno y con su copa totalmente vacía se dejó vencer por la inclinación de la silla y cayó hacia atrás sumiéndose en su dolor cuasi físico.

02 julio, 2008

La muerte de un reloj...

La vida es complicada para un reloj, deben estar todo el tiempo atentos y calculando, contando constantemente sin perder concentración, un instante de desequilibrio y toda la cuenta se hecha a perder. Los relojes deben mantenerse siempre tranquilos y serenos, sin emociones fuertes, pues cuando uno está feliz o distraído, el tiempo pasa rápido ¿no? Seguramente no tardarás en entender que eso no es algo conveniente para un reloj. Su función posiblemente sea el tratar de mostrarnos su percepción del tiempo, lineal y constante, pero le debe ser difícil también enfrentar que siempre al ser observado todos se den prisa y aceleren el paso, debe ser talvez por su mirada penetrante.

Kafca, seguramente nos diría que el tiempo no es más que una herramienta del hombre para complicarlo todo y enjaularnos. Kant por su lado, nos podría decir que es una de las unidades básicas para la percepción humana, ya que toda sensación se ubica dentro de un espacio y tiempo. Pero según Daniel F. que es la percepción que tomé, el tiempo no es más que una luz que intenta ocultarse en la sombra del viento burlón, que se besa o que se va de cabeza. Posiblemente si Daniel F fuera un reloj seria imposible que nos pueda mostrar su percepción del tiempo, sólo con un par de agujas, pero de todos modos tratando de entender su idea, y sabiendo ya como es de compleja la vida de un reloj, quise narrar aquí la muerte de uno.


Hay pasillos, como los de los hospitales que a menudo se hacen esperar segundos inmortales y convulsionantes. Hay pasillos sombríos como dignos de ser parte y de conducir a una gran habitación de un viejo palacio del medioevo.

Los pasillos comenzaron a llenarse de una bruma invisible y espesa, que sin querer cubrió los interruptores de luz y con su frío aliento besó al reloj, que desde el centro del pasillo sonaba con un eco casi tan infinito, como el largo del pasadizo profundo, marcando las doce menos un cuarto, el segundero que latía como un convaleciente corazón apunto de estallar en cuatro diferentes miembros.

Entonces la neblina espesa como una nata bañada de obscuridad comenzó a ceder ante una fuerza mayor desde el fondo del pasillo, algo cortaba el aire con increíble fineza, como lo haría una bala ante una capa de telas todas juntas, una después de la otra, entonces fue cuando el aire fue cortado por completo y se llegó a percibir algo más que el enloquecedor tic-tac del reloj. Un fuerte silbido de eco silencioso comenzó a escucharse a lo largo de todo el pasillo, no pasó mucho, para que una armoniosa melodía de canción de cuna retumbe contra las paredes e insulte los latidos del reloj, que parecía acelerarse cuando el silbido se agudizaba. El frenesí del silbido terminó por asesinar el corazón de tiempo que dejó caer sus agujas y señalando al seis con tal fuerza como si fuera el culpable de su muerte.

29 junio, 2008

Siete cigarros y una nota de suicidio.


Cigarro primero

Llegó a él una cajetilla de siete cigarros, delgada y de color blanco, que compraba cuando en su billetera no contaba con más de dos monedas. Una cajetilla más pequeña incluso que las comunes chicas, una de esas que cubría apenas las necesidades básicas de un fumador compulsivo. Y es que cuando un hombre tiene gusto por la lectura, como éste, nuestro protagonista lo tiene, es casi una necesidad llevar a cabo la gustosa acción y acompañarla con un cigarro o un café, o ambos en casos más placenteros todavía. A paso flemático andaba entre las angostas aceras de un parque pequeño y sumamente tranquilo que hay camino a su casa. Cantando casi en la mente, una posiblemente antigua canción, mientras abría la cajetilla, Calles sin color, vestidas de gris… - decía la canción, y después de un momento continuó cantando el poco alegre estribillo.
Para él hacía mucho que los días no eran más que domingos en potencia, pero no uno de esos domingos en los que posiblemente se pasa tranquilo con una buena lectura o compartiendo una amena conversación, sino uno de esos domingos donde el sol no hace más que transmitirte bochorno y cada una de las horas son inmortales, todos los días bañados de un color aburrimiento nostálgico, pues hacía mucho para éste pobre hombre que los pasos de la vida no se atrevían a robarle una sonrisa. Aquel cigarro fue uno de esos tan gozados, que se fuma cuando la barriga se está tan solo un poco más llena de lo deseado y cuando la brisa perfecta golpea con frescura el rostro al caminar. Al tercer choque de piedras llegó a mantener una llama firme con su encendedor, prendió su cigarro y dio la mágica primera pitada, ésta pareció entrar hasta lo más profundo de su ser y luego muy suavemente dejó escapar el humo por la nariz.

Segundo cigarro

Era un martes catorce de marzo. Prendió el cigarro sentado sobre el sillón de la sala, con el cenicero al costado, se encontraba recordando como años atrás recibía tan alegremente las navidades, escuchando villancicos mientras que su madre preparaba el pavo y su padre, fuera de casa, se encargaba de los regalos. Se extrañaba tanto por el poco tiempo que puede pasar y por cuanto puede cambiar uno por los acontecimientos difíciles que se van enfrentando. Aún en esos días, seguía con esa su idea de que todo hubiera sido mejor si hubiera vivido en los 70`s le hubiera gustado trabajar de seguro en una tabacalera, antes de que la ley prohíba la publicidad de cigarrillos, o posiblemente se hubiera encargado de la barra de un bar, a pesar de no ser sueños emprendedores, ni propios para un hombre rico, la idea de trabajar ahí le gustaba mucho y le gustaba pensar en eso.
Sobre el segundo cigarro, fue uno de esos que parece perder sabor mientras más pitadas le das. Uno de esos cigarros que nunca es contado, incluso cuando la cajetilla está medio vacía y se trata de hacer memoria de cuantos se ha fumado. Uno de esos que se pierden con las cosas del día y que se fuma cuando hay que matar el tiempo. La sensación de paz y ligereza que suele acompañar al fumar nunca llegó, fue uno de esos cigarros que pareciera nunca haber sido fumado.

Tercer cigarro

El miércoles parecía consumirse poco a poco junto al cigarro del cenicero. La tarde lo encontró sentado en su oficina, queriendo dejar correr las horas, mientras esperaba la salida. Le era agobiante la idea de tener que trabajar tiempo completo después de tantos años, a pesar de que la estancia en la oficina era cómoda, una alfombra gris cubría el suelo, los asientos acolchonados, aire acondicionado, un baño siempre oliendo a desinfectante, una cocina siempre disponible para poder preparar un café o calentar el almuerzo llegada la hora, en resumen, todo el ambiente de pequeño burgués que deseó tener cuando joven, parecía ser la replica exacta de la oficina de su madre, a diferencia que esta vez él trabajaba y no caminaba viendo los adornos extraños que se suelen tener sobre el escritorio, o tratando de entender los cuadros de arte abstracta que estaban colgados en los pasillos. Antes para él, la idea de oficina venía en un pack junto a la idea de libertad y trabajo sin presión, pero al conseguir todo lo que cuando joven deseaba, llegó a entender que todo es diferente cuando lo vives de primera mano.
Hizo pequeños aros con las últimas bocanadas de humo, mientras el cigarro se consumía casi por completo. Por alguna extraña razón, intentó remontarse al pasado, mientras veía el humo salir de su boca y como poco a poco los aros se iban deteriorando, pensó en dejar el cigarro primero, pero luego recordó al instante que no fumaba más que un cigarro al día, uno al día no hace daño, se dijo queriendo convencer, sin poder acordarse en la primera vez que fumó, pensó que de seguro había sido una de las pocas cosas que le dejó su padre, pues sólo recordaba una imagen de él, fumando sentado mientras leía y tomaba café, queriendo huir del brillo del sol bajo una sombrilla, lamentaba no poder recordar más, pues mucho no lo conoció, aunque estoy más que seguro que le hubiera gustado conversar con él alguna vez, sólo lo recordaba o fumando o jugando con apariencia de estar en otro lado. No dejaba de pensar, cosa que también debió haber dejado como herencia a su hijo, seguramente. Es de recordar para él que su padre era un hombre de buenas costumbres y maneras, poco golpeado por la vida pero si insatisfecho de ella, hombre de mucho carácter, conservador pero hombre cansado también, envejecido por sus propios tormentos.
El tercer cigarro fue apagado sobre el cenicero de vidrio que estaba en su escritorio, al acabarse por completo.

Cuarto cigarro

En memoria a su padre escribió unas coplas alguna vez, una de esas tardes en las que se creyó Manrique, coplas que leyó el jueves con un cigarro y un café en la sala de su casa. Terminando de leerlas, comenzó a observar una pequeña foto de su madre, antes de fallecer, cuando todo el mundo se le venía encima. Su madre comenzó a fumar tras la muerte inesperada de su esposo, jubilada y sin muchas ocupaciones, se dejó vencer por el cigarro, hace dos años y en el mes de Marzo. La rutina agotadora era obstáculo para poder ir a visitarla de vez en cuando, por eso será talvez que se sentía algo culpable. Recordaba los fines de semana cuando almorzaba con ella, cada fin adelgazaba más, ignoraba más a su enfermera y se guardaba más las penas para ella misma.
Las bocanadas de humo le desgarraban la garganta por completo. Dejó de fumar un momento, ignorando la ubicación exacta del cenicero, siguió pensando en su madre, mientras que la ceniza lo iba cubriendo poco a poco, como lampazos de tierra que caen sobre el cajón que encierra toda una historia, fue cubriéndose de ceniza hasta que la braza cayó sobre su mano. Al quemarse se puso de píe de un salto, limpió su ropa con las manos y pisó la braza que tocaba el suelo.

Quinto cigarro

Dicen que un vaso que está hasta la mitad de agua, puede estar medio lleno o medio vacío, dependiendo de la persona de quien mire el vaso, pero no es lo mismo con la cajetilla de siete cigarros, que compró hacía cinco días, ahora sólo contiene dos cigarros sin prender y uno en su boca recién prendido, viendo la cajetilla hoy se pasó gran parte de la tarde, pensando en todo lo que había pasado en estos dos últimos años, como su vida fue desvaneciéndose hasta llegar a eso, que es aún peor que estar muerto. Es la muerte en vida, se sentía como atrapado dentro de un retazo de si mismo, entre sombras de gente que ya no lo rodea, entre compañías que huyeron y recuerdos nostálgicos. En el mar de la incertidumbre y la poca satisfacción que la vida le mandaba, junto al sol un inequívoco resplandor.
Siguió fumando hasta que el cigarro poco a poco se acabó, sin producir asco ni satisfacción, sólo acabó como acaba el encanto de una flor que nunca fue vista pasada ya la primavera, como acaban las historias que nunca fueron escuchadas, como acaba este cigarro que posiblemente se asoma a ser uno de los últimos.

Sexto cigarro

Hace días que no puede escribir. Tiene el café. Tiene el cigarro. Tiene incluso el nunca disponible tiempo para poder escribir, pero no. Sentado y apoyado en su escritorio, con una lámpara de luz amarilla y con música tranquila, en resumen, el ambiente perfecto. No es suficiente. Nunca es suficiente últimamente. Sentía el repudio y odio que sólo puede sentir un presunto escritor al no poder verse reflejado en el papel.
El sexto cigarro. Como un toro divisando a su victima botó con fuerza, el humo de la nariz. Ebrio de tanto oír nada y queriendo vociferar sólo mantuvo el repugnante silencio. Dos horas sentado. Tratando de pensar. Tratando de evadir la impaciencia infantil que a veces por completo lo asaltaba. El cigarro finalizó con un par de asquerosas arcadas. Aplastó el cigarro contra el cenicero con adversidad inigualable.

Sétimo cigarro

Llegó así al último cigarro y a la parte más muerta de la tarde dominical, la más nostálgica, la más sepia y con aquella la tonalidad suave de la melancolía. Se fue envolviendo entre los retazos de poesía, y las frases a medio recordar que escuchaba en su nueva trova. Agobiado de la vida reposada y del escuchar a las ventanas golpear contra la pared, su muralla infranqueable. Voces. Voces en su interior alterando su muerte constante. Sus ojos negándose a ver en el espejo solamente su rostro, su rostro gris y sin perfumar. Sus ojos negándose a enfrentar que hacía horas sin razón lloraban. Una piel fría, amoratada y sin nada que la cubra más que esa pared producto de la aleación de cobre y hierro. Las puertas se abrían y cerraban, la helada brisa impetuosa del desenfreno recorría la casa desnudándola por completo. Y con esa, la última bocanada de humo, se dice que salió de su boca, algo más que dióxido. Desde entonces su boca se mantiene obtusa, haciendo burla del gesto de sorpresa que la vida nunca le trajo.

Desearía ser

Me gustaría ser una bala,
que derrame sangre.
Me gustaría ser un puñal,
que acaba con una vida.

Desearía venir a este mundo,
con una sola misión,
cumplirla y desaparecer.

Me gustaría ser pasajero,
y que la vida sea sólo un trecho.
Vivir dos segundos de utopía
y morir sin la menor culpa.

Desearía no sentir,
y no ser más que una herramienta,
muriendo luego de ser utilizada.

Me gustaría ser un testigo,
y estar en todas partes,
sin estarlo realmente,
viendo todo sin ser visto.

Desearía huir de este mundo,
acabar con las penas y
volver la vida menos injusta.

Me gustaría ser como una roca,
insensible y recia,
porque sólo así sería uno
capas de vivir en este mundo.

Desearía no sentir.
Desearía no ser visto.
Desearía... desearía morir.

19 junio, 2008

Todo ya pasó


Ahí descansa el paraguas mojado,
junto a la mesa con libros leídos,
los cuadernos escritos
y los cuadros ya vistos.

Ahí descansa el cigarro fumado,
las tasas sucias y la ropa usada,
al costado de los lapiceros sin tinta,
y los papeles arrugados.

En la carne incrustada,
está la bala disparada,
que derramó sangre
y acabó con una vida.

Ahí, los escritorios empolvados,
que están junto a mis sueños,
atrapados en telarañas inertes,
esperando que yo alguna vez los rescate.

Las mismas canciones,
en cada segundo,
y el mismo aire,
han opacado mi mundo.

El teléfono en silencio,
las botellas sin alcohol,
una alfombra con sangre
y un cuerpo conocido en el suelo.

Esperanzas marchitas,
preguntas sin salida,
un dedo sin anillo
y ojos húmedos.

Hoy ha sido un día agotador,
he jugado tres papeles,
he sido cruel conmigo,
victima, culpable y testigo.

13 junio, 2008

Instrucciones para fumar...

No es condición imprescindible el poseer gran perspicacia para notar que el cigarrillo se divide en dos partes. Una más corta que otra, y generalmente de color mostaza oscuro, en caso de que no haya diferencia en el color, podrá notar usted que estas dos partes están divididas por una delgada línea. Ésta parte de menor longitud es llamada “filtro”, parte del cigarrillo que es llevada a los labios al empezar éste complejo proyecto, que es el fumar. Observación importante es el tener en cuenta que los labios carezcan de humedad alguna, antes de llevar el cigarro a la boca, para hacer más placentero el proceso. Dado ya el primer paso, usted debería sujetar, sin hacer mucha presión, con los labios, el filtro. Manteniendo así el cigarro en una posición horizontal, como si se tratase de formar un ángulo recto con respecto al cuello. Paso seguido y seguramente uno de los más complicados en ejecutar, es el encender el punto distal del que permanece presionado por los labios. En este paso se llevan dos acciones a la vez, posiblemente por eso es que se trate del más complicado. Mientras el extremo de la parte más larga del cigarro se está prendiendo, el futuro fumador, deberá atraer el aire del exterior, utilizando el órgano encargado de la entrada de alimentos al cuerpo, sin levantar los labios, se deberá extraer, del cigarrillo, el dióxido de carbono, que es producido al exponer el tabaco al fuego. Hecho esto, el extremo del cigarro expuesto al fuego se pintará de rojo, indicando así que el cigarrillo ha sido prendido correctamente. La parte de color rojo, ubicada en el extremo del cigarro, es llamada braza. El proceso finaliza con una serie de pasos sencillos, estos son: la extracción y expulsión del dióxido de carbono, ofrecido por el cigarrillo. No asombrarse al notar que la parte del cigarro que en un comienzo fue la de mayor longitud, se encuentre más tarde en menor tamaño que el filtro o incluso que se haya consumido por completo, pues cuando el cigarro no es mucho mayor, en longitud que el filtro, es necesario que éste sea apagado o arrojado en el cenicero.